Tag Archive | Pátria

Marca

Tuve un terrible sueño. No me pregunto sobre el sueño en sí, sino sobre cómo hallé el coraje para soñar cosas tan terribles, cuando soy un tranquilo y respetable ciudadano, un obediente hijo de nuestra querida y afligida madre Serbia, tal como todos sus otros hijos. Por supuesto, sabes, si fuera una excepción en cualquier cosa, sería diferente; pero no, mi querido amigo, hago exactamente lo mismo que todos los demás y en cuanto a ser cuidadoso en todo, nadie puede igualarme en eso. Una vez vi un brillante botón del uniforme de un policía tirado en la calle y observé su mágico brillo, casi al punto de pasar, lleno de dulces recuerdos; cuando de repente, mi mano empezó a temblar y saltó en un saludo. Mi cabeza hizo una reverencia a la misma tierra y mi boca se extendió en una encantadora sonrisa que todos usábamos al saludar a nuestros superiores.

– La sangre noble corre en mis venas – ¡Eso es lo que es! – Esto es lo que pensé en el momento y miré con desdén al salvaje que iba de pasada quien pisaba imprudentemente el botón.

– ¡Salvaje! – dije amargado y escupí, y luego seguí caminando en silencio, consolado ante el pensamiento que tales brutos eran pocos; y estaba particularmente contento que Dios me dio un refinado corazón y la noble y cortés sangre de nuestros ancestros.

Bueno, ahora pueden ver el fantástico hombre que soy, para nada diferente de los otros respetables ciudadanos y no dudarás en preguntarte cómo cosas tan terribles y ridículas pudieron ocurrir en mis sueños.

Nada inusual me pasó ese día. Tuve una buena cena y luego me senté a limpiarme los dientes con un palillo por ocio; sorbiendo mi vino y luego, habiendo hecho valiente y consciente uso de mis derechos como ciudadanos, me fui a la cama y me llevé un libro conmigo para dormirme más rápido.

Pronto, el libro se resbaló de mis manos, por supuesto habiendo satisfecho mi deseo y terminado mis deberes, me quedé dormido como un inocente angelito.

De repente, me encontré en un estrecho y lodoso camino que guiaba a través de las montañas. Una fría y oscura noche. El viento aúlla entre ramas estériles y corta como una cuchilla cada vez que toca la piel desnuda. El cielo negro, soso y amenazante y la nieve, como el polvo, volando hacia tus ojos y golpeándote el rostro. No había ni un alma en ninguna parte. Me apuré y cada cierto tiempo me resbalaba hacia ambos lados en el camino fangoso. Me tambaleaba y caía y finalmente perdí mi camino, deambulaba – Dios sabe donde– y no es una corta y ordinaria noche, pero larga como un siglo, y camino todo el tiempo sin saber donde.

Así que caminé por muchos años y llegué a algún lugar, muy, muy lejano de mi país natal hasta una parte desconocida del mundo, a una tierra extraña la cual probablemente nadie conocía y que, estoy seguro, solo puede verse en mis sueños.

Rondando por la tierra, llegué a un gran pueblo donde vivían muchas personas. En el gran mercado había una gran multitud, había un terrible sonido sonando, lo suficientemente horrible como para que te explotara el tímpano. Me paré en una posada que estaba dando hacia el mercado y le pregunté al dueño porque tantas personas se habían congregado…

– Somos personas tranquilas y respetables – empezó su historia – somos leales y obedientes al alcalde.

– ¿El alcalde es su autoridad suprema? – pregunté interrumpiéndolo.

– El alcalde gobierna aquí y es nuestra autoridad suprema; le sigue la policía.

Me reí.

– ¿Por qué te ríes?… ¿No lo sabías?… ¿De dónde vienes?

Le dije cómo había perdido mi camino y que venía de una tierra distante – Serbia.

– ¡He escuchado del famoso país! – susurró el casero para sí mismo, mirándome con respeto y luego dijo en voz alta:

– Esa es nuestra forma – continuó – El anciano gobierna aquí con sus policías.

– ¿Cómo son sus policías?

– Bueno, hay muchos tipos de policías – varían dependiendo de su rango. Hay unos más distinguidos y otro menos distinguidos… Somos, tú sabes, personas tranquilas y respetables, pero todo tipo de vagabundos vienen de los alrededores, nos corrompen y nos enseñan cosas malvadas. Para distinguir a cada ciudadano de otras personas, el anciano dio una orden ayer que todos nuestros ciudadanos deben dirigirse al ayuntamiento, donde cada uno de nosotros tendrá su frente marcada. Es por esto que tantas personas se juntaron: para poder encontrar orientación sobre qué hacer.

Me encogí de brazos y pensé que debería escapar de esta extraña tierra tan rápido como pudiera, porque yo, aunque fuera serbio, no estaba acostumbrado a tal exhibición de espíritu de gallardía y ¡estaba un poco incómodo por esto!

El dueño se rió con benevolencia, me dio un golpecito en el hombro y dijo orgullosamente:

– Oh, extraño, ¿esto es suficiente para asustarte? ¡Con razón tienes que ir tan lejos para encontrar un coraje como el nuestro!

– Y, ¿qué quieres hacer? – pregunté tímidamente.

–  ¡Que pregunta! Verás lo valiente que somos. Te diré, tienes que ir muy lejos para encontrar un coraje como el nuestro. Has viajado lejos y vastamente y has visto el mundo, pero estoy seguro de que nunca has visto mejores héroes que nosotros. Déjanos ir ahí juntos. Debo apurarme.

Estábamos a punto de ir cuando escuchamos, en frente de la puerta, el chasquido de un látigo.

Eché un vistazo hacia afuera: había una escena – un hombre con una brillante capucha de tres cuernos en su cabeza, vestido con un traje con un estampado llamativo, estaba montado en la espalda de otro hombre vestido con ropas costosas de corte civil y común. Se paró en frente de la posada y el jinete se bajó.

El dueño salió, hizo una reverencia en el piso y el hombre en el traje con estampado llamartivo entró en la posada a una mesa decorada especialmente. El que estaba con ropa civil se quedó en frente de la posada y espero. El dueño también hizo una referencia baja hacia él.

– ¿De qué se trata todo esto? – le pregunté al dueño, profundamente confundido.

– Bueno, el que entró en la posada es un policía de rango alto y este hombre es uno de nuestros ciudadanos más distinguidos, muy rico y un gran patriota, – susurró el dueño.

– Pero ¿por qué deja al otro montarse en su espalda?

El dueño me sacudió su cabeza y nos hicimos a un lado. Me dedicó una sonrisa despectiva y dijo:

– ¡Lo consideramos un gran honor que rara vez es merecido! – Además me dijo una gran cantidad de cosas, pero estaba emocionado de que no pudiera entenderlas. Pero escuché claramente lo que dijo al final: – ¡Es un servicio a nuestro país que no todas las naciones han aprendido a apreciar!

Fuimos a la reunión y la elección del presidente ya estaba tomando lugar.

El primer grupo pusó a un hombre llamado Kolb, si recuerdo el nombre correctamente, como su candidato para el puesto; el segundo grupo quería a Talb y el tercero tenía su propio candidato.

Había una aterradora confusión; cada grupo quería poner a su propio hombre.

– Creo que no tenemos un hombre mejor que Kolb para el puesto de una reunión tan importante, – dijo una voz del primer grupo, – porque todos conocemos muy bien sus virtudes como ciudadano y su gran valentía. No creo que nadie entre nosotros puede jactarse de haber sido montado tan frecuentemente por las personas realmente importantes…

– Quien eres tu para hablar de eso, – chilló alguien del segundo grupo. – ¡Nunca te ha montado un subalterno de la policía!

– Sabemos cuales son tus virtudes, – chilló alguien del tercer grupo. – ¡nunca podrías recibir ni un simple golpe del látigo sin gritar!

– ¡Hermanos, dejemos esto claro! – empezó Kolb. – Es verdad que personas eminentes estaban cabalgando en mi espalda ya hace diez años; ellos me dieron latigazos y nunca he llorado, pero puede ser que hay otros más dignos entre nosotros. Quizás hay unos mejores más jóvenes.

– No, no, – chillaron sus simpatizantes.

– ¡No queremos escuchar de honores anticuados! Han pasado diez años desde que Kolb fue montado, – gritaron las voces del segundo grupo.

– La sangre joven está tomando el poder, dejen que los perros viejos mastiquen huesos viejos, – dijo alguien del tercer grupo.

De repente no hubo más ruido; las personas se movieron hacia atrás, hacia la izquierda y derecha, para abrir el camino y vi un hombre joven alrededor de 30 años. Mientras se acercaba, todas las cabezas hicieron una reverencia baja.

– ¿Quién es ese? – le susurré al dueño.

– Él es el líder popular. Un hombre joven, pero muy prometedor. En sus primeros días se jactaba de haber cargado al alcalde en su espalda tres veces. Él es más popular que todos los demás.

– ¿Ellos quizás los elijan? – pregunté.

– Eso es más que certero, porque en cuanto a todos los otros candidatos – todos son mayores, el tiempo los ha sobrepasado, mientras que el alcalde cabalgo un poco en su espalda ayer.

– ¿Cuál es su nombre?

– Kleard.

Le dieron un lugar de honor.

– Yo creo, – la voz de Kolb rompió el silencio, – que no podemos encontrar un mejor hombre para esta posición que Kleard. Es joven, pero ninguno de nosotros los mayores es su igual.

– ¡Escuchen, escuchen!… ¡Larga vida a Kleard!… – todas las voces clamaron.

Kolb y Talb lo llevaron al lugar del presidente. Todos hicieron una profunda reverencia y hubo silencio absoluto.

– Gracias, hermanos, por su gran consideración y este honor que todos me han otorgado unánimemente. Sus esperanzas, que ahora descansan en mí, son demasiado halagadoras. No es fácil dirigir el barco de los deseos de la nación a través de días tan trascendentales, pero haré todo lo que está en mi poder para justificar su confianza, para representar honestamente su opinión y para merecer tan elevado aprecio por mí. Gracias, mis hermanos, por elegirme.

– ¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra! – los votantes vociferaron de todas partes.

– Y ahora hermanos, espero que me permitan decir unas cuantas palabras acerca de este importante evento. No es fácil sufrir tales dolores, tales tormentos como los que nos aguardan; no es fácil que nos marquen la frente con hierro caliente.  En efecto, no – hay dolores que no todos los hombres pueden soportar. Dejen que los cobardes tiemblen, déjenlos estremecerse de miedo, pero no debemos olvidar ni por un momento que somos hijos de valientes ancestros, que sangre noble recorre nuestras venas, la heroica sangre de nuestros abuelos, los grandes caballeros que solían morir sin mover ni un pelo por la libertad y por el bien de todos nosotros, su progenie. Nuestro sufrimiento es ligero, si pensamos en su sufrimiento – ¿Deberíamos comportarnos como miembros de una raza degenerada y cobarde ahora que estamos viviendo mejor que nunca antes? Cada patriota verdadero, todos los que no quieren avergonzar a nuestra nación ante todo el mundo, soportará el dolor como un hombre y un héroe.

– ¡Escuchen! ¡Escuchen! ¡Larga vida a Kleard!

Después de Kleard, hubo varios fervientes oradores; animaron a las personas asustadas y repitieron más o menos lo que dijo Kleard.

Entonces, un pálido y cansado anciano, con un rostro arrugado, su cabello y barba son blancos como la nieve, pidió hablar. Sus rodillas estaban sacudiéndose por su edad, sus manos temblaban, su espalda estaba doblada. Su voz estaba temblorosa, sus ojos estaban brillantes de lágrimas.

– Niños, – empezó, con lágrimas bajando por sus blancas y arrugadas mejillas y cayendo en su barba blanca, – Soy miserable y pronto moriré, pero me parece que es mejor que no permitan tal humillación ante ustedes. ¡Tengo cien años y he vivido toda mi vida sin eso…! ¿Por qué debería el sello de la esclavitud ser grabado ahora en mi blanca y agotada cabeza…?

– ¡Acaben a ese viejo canalla! – chilló el presidente.

– ¡Acaben con él! – gritaron los otros.

– ¡El viejo cobarde!

– En vez de alentar a los jóvenes, ¡está asustando a todo el mundo!

– ¡Debería estar avergonzado de sus canas! Ha vivido lo suficiente y todavía puede estar asustado – nosotros que somos jóvenes somos más valientes…

– ¡Acaben con el cobarde!

– ¡Sáquenlo!

– ¡Acábenlo!

Una molesta multitud de valientes patriotas jóvenes corrieron hacia el anciano y empezaron a empujarlo, jalarlo y patearlo ante su furia.

Finalmente, lo dejaron ir por su edad – si no lo hubieran apedreado vivo.

Todos prometieron ser valientes mañana y mostrarse dignos del honor y la gloria de su nación.

Las personas se fueron de la reunión en un excelente orden. Mientras partían dijeron:

– ¡Mañana veremos quien es quien!

– ¡Resolveremos quienes son los jactanciosos mañana!

– El momento ha llegado de ser merecedor de distinguirse de los indignos, ¡así que cualquier bandido no será capaz de presumir un corazón valiente!

– ¿Viste de lo que estamos hechos? – me preguntó orgullosamente el dueño.

– En efecto, lo he hecho, – respondí automáticamente, sintiendo que mi fuerza me había abandonado y que mi cabeza estaba zumbando con sensaciones extrañas.

Ese mismo día, leí en el periódico un artículo de fondo que decía lo siguiente:

– Ciudadanos, es hora de parar de enorgullecernos vanamente y fanfarronear entre nosotros; es tiempo de dejar de estimar palabras vacías las cuales usamos en abundancia para mostrar nuestras virtudes imaginarias y abandonos ¡El tiempo ha llegado, ciudadanos, de poner nuestras palabras a prueba y mostrar quién es realmente digno y quien no lo es! Pero creemos que no habrá vergonzosos cobardes entre nosotros que tengan que ser traídos a la fuerza al lugar acordado para el hierro. Cada uno de nosotros que siente en sus venas una gota de la noble sangre de nuestros ancestros luchará para estar entre los primeros en soportar el dolor y la angustia, orgullosa y calladamente, porque este es un dolor sagrado, es un sacrificio para el bien de nuestro país y por el dicha de todos nosotros. ¡Adelante ciudadanos que mañana es el día de la noble prueba…!

El dueño se fue a la cama inmediatamente luego de la reunión para ir lo más temprano posible al lugar designado al día siguiente. Sin embargo, muchos se fueron directamente al ayuntamiento para estar lo más cerca posible del comienzo de la fila.

Al día siguiente, también fui al ayuntamiento. Todo el mundo estaba ahí – jóvenes y ancianos, hombres y mujeres. Algunas madres trajeron a sus pequeños bebés en sus brazos para que pudieran ser marcados con el sello de la esclavitud, es decir de honor, y así obtener un mayor derecho a altas posiciones de servicio público.

Había empujones y maldiciones (en eso se parecen un poco a nosotros los serbios y de alguna manera me sentía complacido por eso), y todo el mundo aspiraba ser el primero en la puerta. Algunos incluso estaban agarrando a otros por la garganta.

Los sellos eran marcados por un empleado civil especial vestido en un traje formal blanco quien estaba reprochando moderadamente a las personas:

– No tararees, por el amor de Dios, todos tendrán su turno – no son animales, supongo que podemos manejárnosla sin tener que empujar.

Empezaron a marcar. Uno lloró, otro solo gruñó, pero nadie fue capaz de soportarlo sin hacer ni un sonido mientras estuve allí.

No pude soportar seguir viendo esta tortura, así que volví a la posada, pero algunos de ellos ya estaban ahí, comiendo y bebiendo.

– ¡Ya terminó! – dijo uno de ellos.

– Bueno, no gritamos en verdad, ¡pero Talb estaba rebuznando como un burro…! – dijo otro.

– ¿Ves como es Talb? Y querías tenerlo como presidente de la junta ayer.

– Oh, ¡nunca se sabe!

Hablaban, gruñendo del dolor y retorciéndose, pero tratando de esconderlo uno del otro, ambos estaban avergonzados de que pensarán que eran unos cobardes.

Kleard se deshonró a sí mismo, porque gimió y un hombre llamado Lear era un héroe porque pidió tener dos sellos marcados en su frente y nunca hizo un sonido de dolor. Todo el pueblo estaba hablando con el mayor de los respetos sólo sobre él.

Algunas personas se escaparon, pero fueron despreciados por todos.

Luego de unos días, aquel con los dos sellos en su frente caminaba con su cabeza bien alta. A donde fuera, susurros inspirados por el asombro lo seguían: ¡Lear, Lear!… ¡Ese es él!… ¡Ese es el héroe que no gritó, que no hizo un sonido mientras dos sellos eran estampados en su frente! Estaba en los titulares de los periódicos, alabado y glorificado.

Y se merecía todo el amor de la gente.

En todo el lugar escucha tales elogios y empecé a sentir la vieja y noble sangre serbia corriendo en mis venas, nuestros ancestros eran héroes, ellos murieron empalados en estacas por la libertad; nosotros también teníamos nuestro pasado histórico y nuestro Kosovo. Me emocioné con orgullo nacional y vanidad, entusiasmado de mostrar lo valiente que mi raza es y correr al ayuntamiento y gritar:

– ¿Por qué alaban a Lear? ¡Nunca han visto héroes reales! ¡Vengan y vean por ustedes mismo lo noble que es la sangre Serbia! ¡Marquen diez sellos en mi cabeza, no sólo dos!

El empleado público en el traje blanco trajo el hierro cerca de mi cabeza y empecé… Me desperté de mi sueño.

Me restregué la frente de miedo y me presigné, asombrado ante las extrañas cosas que aparecían en mis sueños.

– Casi eclipsé la gloria de su Lear – pensé, y satisfecho, me volteé y estaba de alguna manera apenado de que mi sueño no llegará hasta su fin.

 

En Belgrado, 1899.
Para el Proyecto “Radoje Domanović” traducido por Fabiola Rangel, 2019.

Razonamiento de un ordinario buey serbio

Tantas maravillas ocurren en este mundo y nuestro país está, como dicen muchos, rebosando de maravillas a tal extensión que las maravillas ya no son maravillas. Hay personas aquí en posiciones muy altas que no piensan en lo absoluto y como compensación, o quizás por otras razones, un ordinario buey campesino que no se diferencia ni un poco de otros bueyes serbios, empezó a pensar. Solo Dios sabe que hizo que este ingenioso animal se atreviera a tan atrevido intento, especialmente desde que se probó que en Serbia esta desafortunada labor solamente podía traer perjuicio. Entonces digamos que este pobre diablo, en toda su inocencia, ni siquiera sabía que todo este esfuerzo no era rentable en su patria, así que no le atribuiremos con ningún valor cívico en particular. Pero todavía sigue siendo un misterio porque un buey debería pensar ya que no es un votante, ni un concejero, ni un alcalde, ni ha sido elegido diputado en una asamblea bovina o incluso (si ha alcanzado cierta edad) un senador. Y si la pobre alma hubiera alguna vez soñado en convertirse en ministro del estado en cualquier país bovino, él hubiera sabido que, al contrario, él debería practicar como pensar lo menos posible, como aquellos excelentes ministros en algunos países más felices, aunque nuestro país tampoco es tan afortunado en este aspecto. Al final, ¿por qué nos debería importar por qué un buey serbio ha tomado tal tarea abandonada por las personas? También, quizás sucedió que él empezó a pensar simplemente por un instinto natural suyo.

Entonces, ¿qué tipo de buey es este? Un buey ordinario el cual tiene, como nos enseña la zoología, una cabeza, un cuerpo y extremidades como todos los otros bueyes; el jala una carreta, pasta en el pasto, lame sal, rumia y rebuzna. Su nombre es Sivonja, el buey gris.

He aquí como es qué empezó a pensar. Un día su amo lo enyugó a él y a su amigo, Galonja, cargó unos piquetes robados en la carreta y los llevó al pueblo para venderlos. Casi inmediatamente de haber entrado al pueblo, él vendió los piquetes y luego desenyugó a Sivonja y a su camarada, enganchó las cadenas que los ataban al yugo, tiró un manojo de plantas rodadoras en frente de ellos y entró en una pequeña taberna para refrescarse con unos cuantos tragos. Había un festival en curso en el pueblo, así que había hombres, mujeres y niños pasando por todas partes. Galonja, también conocido por otros bueyes por ser algo tonto, no estaba observando nada en particular; en cambio, se metió en su almuerzo con seriedad, comió hasta estar lleno, rebuznó un poco de puro gozo y luego se acostó, dormitó suavemente y rumiaba. Todas esas personas que pasaban no eran de su incumbencia. Él solo estaba dormitando y rumiando pacíficamente (es una lástima que no es un humano, con todas esas predisposiciones para tener un elevado cargo). Pero Sivonja no podía dar ni un solo mordisco. Sus ojos soñadores y su triste expresión en el rostro mostraban a primera vista que era un pensador y una alma dulce e impresionable. Las personas, serbios, pasan al lado de él, orgullosos de su glorioso pasado, su nombre, su nación y este orgullo se muestra en su severo comportamiento y paso. Sivonja observó todo esto y de repente su alma se consumió de tristeza y dolor debido a la tremenda injusticia y no pudo sino sucumbir a tan grande, repentina y poderosa emoción; él rebuznó triste y dolorosamente con lágrimas saliendo de sus ojos. En su inmenso dolor, Sivonja empezó a pensar:

– ¿De qué están mi amo y sus compatriotas tan orgullosos? ¿Por qué caminan con la cabeza tan en alto y miran a mi gente con un orgullo arrogante y desdén? Están orgullosos de su patria, orgullosos de que el destino misericordioso les concedió nacer aquí en Serbia. Mi madre también me dio a luz aquí en Serbia y Serbia no solo es mi tierra nativa pero también la de mi padre y todos mis ancestros han, justo como los de ellos, venido a estas tierras de la antigua patria eslava. Y aun así ninguno de nosotros los bueyes nos hemos sentido orgullosos de eso, solo sentimos orgullo de nuestra habilidad de jalar cargas pensadas cuesta arriba; hasta este día, nunca un buey le ha dicho a un buey alemán: Qué quieres de mí, soy un buey serbio, mi patria es el orgulloso país de Serbia, todos mis ancestros han sido paridos aquí y aquí, en esta tierra están las tumbas de mis antepasados.” Que dios nos salvé, nunca hemos sentido orgullo por eso, nunca ha pasado por nuestras cabezas y ellos incluso están orgullosos de eso. ¡Gente extraña!

Agobiado por estos pensamientos, el buey sacudió tristemente su cabeza, la campana de su cuello sonaba y su yugo crepitaba. Galonja abrió sus ojos, miró a su amigo y mugió:

– ¡Ahí vas de nuevo con esa payasada tuya! Come, tonto, gana un poco de grasa, mira tus costillas sobresaliendo; si fuera bueno pensar, las personas no nos lo hubieran dejado a nosotros los bueyes. ¡De ninguna manera habríamos sido tan afortunados!

Sivonja miró a su camarada con lástima, volteó su cabeza lejos de él y se volvió a sumergir en sus pensamientos.

– Ellos se enorgullecen de su glorioso pasado. Tienen su terreno de Kosovo, su batalla de Kosovo. Gran cosa, ¿mis ancestros no cargaron carretas con comida y armamentos incluso en aquelmomento? Si no fuera por nosotros, las personas lo habrían tenido que hacer ellos mismos. Luego está el levantamiento contra los turcos. Un gran y noble esfuerzo, pero ¿quién estaba en ese momento? ¿estaban estos zoquetes de nariz respingada luchando orgullosamente antes de que yo existiera como si tuvieran el mérito de ser los que empezaron el levantamiento? Ven, toma a mi dueño de ejemplo. Él es demasiado orgulloso y se jacta del levantamiento, especialmente por el hecho de que su tatarabuelo murió en la guerra de la liberación como un verdadero héroe. ¿Y es el mérito del dueño? Su tatarabuelo tenía el derecho de sentirse orgulloso, pero no él; su tatarabuelo murió para que mi dueño, su descendiente pudiera ser libre. Así que él es libre y ¿cómo usa su libertad? Roba los piquetes de otras personas, se sienta en la carreta y yo tengo que jalarlo tanto a él como a los piquetes mientras él está dormido en las riendas. Ahora que ha vendido sus piquetes, está bebiendo alcohol, sin hacer nada y sintiéndose orgulloso de su glorioso pasado. ¿Y cuántos de mis antepasados fueron masacrados en el levantamiento para alimentar a los guerreros? ¿Y en ese momento mis ancestros no jalaron los armamentos, cañones, comida y municiones? Y aun así nosotros no nos jactamos por sus méritos porque no hemos cambiado; todavía hacemos nuestros deberes, justo como hicieron nuestros ancestros, paciente y constantemente.

– Están orgullosos del sufrimiento de sus ancestros y de quinientos años de esclavitud. Mi clase la ha sufrido desde que existen y hoy en día todavía sufrimos y somos esclavizados y sin embargo no gritamos a más no poder sobre eso. Ellos dijeron que los turcos los torturaron, los masacraron y los empalaron; bueno mis ancestros fueron masacrados tanto por los serbios como por los turcos y asados y puestos bajo todo tipo de torturas.

– Están orgullosos de su religión y aun así no creen en nada. ¿Cuál es mi culpa y la de mi gente que no podemos ser aceptados entre cristianos? Su religión les dice “no robaras” y he ahí mi dueño robando y bebiendo con el dinero que obtuvo por robar. Su religión los instruye a amar a su vecino y aun así lo único que hacen es hacerse daño entre ellos. Para ellos, el mejor hombre, un ejemplo de virtud, es aquel que no causa daño alguno y por supuesto, nadie ni siquiera considera pedirle a alguien que también haga algo bueno, aparte de no causar daño. Así de bajos han llegado sus estándares de virtud que no van más allá que cualquier objeto inútil que no hace daño.

El buey suspiró profundamente y su suspiro elevó el polvo del camino.

– Entonces – el buey continuó con sus tristes pensamientos – en este caso, ¿no somos mi clase y yo mejores en todo eso que ellos? Nunca he matado a nadie, nunca he difamado a nadie, no he robado nada, no he despedido a un hombre inocente de servicio público, no he hecho un déficit en la tesorería del estado, no he fingido una falsa bancarrota, nunca he encadenado ni arrestado a personas inocentes, nunca he calumniado a mis amigos, nunca he ido contra mis principios de buey, no he hecho falsos testimonios, nunca he sido ministro de mi estado y nunca le he hecho ningún daño a mi país, y no solo no le he hecho ningún daño, incluso hago cosas buenas a esos que me hacen daño. Mi madre me dio a luz e inmediatamente, hombres malvados me quitaron la leche de mi madre. Al menos Dios ha creado el pasto para nosotros los bueyes y no para los hombres; aun así, ellos también nos lo quitaron. Todavía, además de todas las golpizas, jalamos las caretillas de los hombres, aramos sus campos y les damos de comer pan. Y aun así nadie admite nuestros méritos que hacemos por la patria…

– O toma el ayuno como un ejemplo; bueno, para los hombres, la religión les dice que hagan ayuno en todos los días festivos y aun así no están dispuestos a soportar este pequeño ayuno, mientras que mi gente y yo estamos haciendo ayuno toda nuestra vida, siempre desde que somos destetados del pecho de nuestra madre.

El buey bajó la cabeza como si estuviera preocupado, luego la levantó de nuevo, resopló enojado y parecía que algo importante volvió a su mente, atormentándolo; de repente, él mugió alegremente:

– Oh, ahora lo sé, tiene que ser eso – y continuó pensando – eso es lo que es; están orgullosos de su libertad y de sus derechos civiles. Tengo que pensar seriamente en eso.

Y él estaba pensando, pensando, pero no podía descifrarlo.

– ¿Cuáles son sus derechos? Si la policía les ordena votar, ellos votan y así podríamos fácilmente mugir: “¡A faa-aa-voo-or!” y si no los ordenan, no se atreven a votar o incluso incursionar en la política, igual que nosotros. Ellos también sufren golpizas en prisión, incluso si son completamente inocentes. Al menos nosotros rebuznamos y movemos nuestras colas y ellos ni siquiera tienen ese pequeño valor cívico.

En ese momento, su dueño salió de la taberna. Borracho, tambaleando, con los ojos borrosos, balbuceando palabras incomprensibles, serpenteando hacia la carretera.

– Solo mira, ¿cómo este es un orgulloso descendiente usando su libertad que ganaron con la sangre de sus ancestros? Cierto, mi amo es un borracho y un ladrón, pero ¿cómo los otros utilizan su libertad? Solo para holgazanear y enorgullecerse del pasado y tomar el mérito de sus ancestros, en la cual han contribuido como yo lo he hecho. Nosotros los bueyes, continuamos trabajando arduamente y siendo obreros útiles justo como nuestros ancestros lo fueron. Somos bueyes, pero todavía podemos estar orgullosos de nuestro arduo trabajo y méritos hoy en día.

El buey suspiró profundamente y preparó su cuello para el yugo.

 

En Belgrado, 1902.
Para el Proyecto “Radoje Domanović” traducido por Fabiola Rangel, 2019.

Condottiero (2/3)

(pagina precedente)

Il giorno seguente si riunì chiunque avesse il coraggio di intraprendere un lungo viaggio. Più di duecento famiglie si ritrovarono nel posto convenuto. Soltanto qualcuna era rimasta a casa  per badare alla vecchia dimora.

Era davvero triste vedere questa massa di persone miserevoli che un’amara iattura aveva costretto ad abbandonare la terra nella quale erano nati e dove erano posti i sepolcri dei loro antenati. I loro volti erano macilenti, consunti e bruciati dal sole. La fatica dei tanti, lunghi anni operosi mostrava i segni su di loro e presentava un’immagine di miseria e amara disperazione. Ma in questo preciso istante s’intravvedeva il primo barlume di speranza – di certo commisto alla nostalgia. Una lacrima solcava il volto rugoso di tanti anziani che sospiravano angosciati e scrollavano il capo con aria di triste presagio. Avrebbero preferito restare ancora per qualche tempo così da morire anch’essi tra queste rocce piuttosto che andare in cerca di una patria migliore. Molte donne gemevano gravemente e davano l’addio ai loro cari le cui tombe stavano abbandonando.

Gli uomini cercavano di mostrarsi coraggiosi e gridavano, – Be’, volete continuare a morire di fame in questa terra dannata e vivere in queste baracche? – In realtà, non avrebbero desiderato altro che portare con loro l’intera maledetta regione se ciò fosse stato possibile.

C’erano il solito trambusto e gli strepiti che accompagnano ogni moltitudine. Sia gli uomini che le donne erano inquieti. I bambini strillavano nei lettini dietro la schiena delle proprie madri. Persino il bestiame era un po’ a disagio. Non c’erano molti bovini, giusto un vitello qua e la e un magro, tremolante ronzino dalla grossa testa e le gambe grasse sul quale caricavano vecchi tappeti, borse e persino due sacchi nelle bisacce, di modo che la povera bestia ondeggiava sotto il peso. Eppure questa riusciva a rimanere su e di tanto in tanto nitriva. Altri stavano caricando somari; i bambini trascinavano dei cani al guinzaglio. Parole, grida, imprecazioni, lamenti, pianti, guaiti, nitriti – tutto abbondava. Persino un asino ragliò qualche volta. Ma il condottiero non profferì parola, come se l’intera faccenda non lo riguardasse. Un uomo veramente saggio!

Egli si limitava a sedere pensoso e in silenzio, il capo chino. Ogni tanto sputava; questo era quanto. Tuttavia, in virtù del suo strano comportamento, la sua popolarità crebbe al punto che, come si suol dire, tutti quanti avrebbero attraversato fuoco e acqua per lui. Potevano udirsi le seguenti conversazioni:

– Dovremmo essere contenti di aver trovato un simile individuo. Se fossimo andati avanti senza di lui, Dio ce ne scampi! Saremmo periti. È davvero intelligente, ve lo dico io!  Egli è silente. Ancora non ha pronunziato una parola! – disse uno mentre guardava al condottiero con rispetto e orgoglio.

– Che cosa dovrebbe dire? Chiunque parli molto non pensa granché. È un uomo perspicace, questo è certo! Egli si limita a ponderare e non dice nulla, – soggiunse un altro, e anche lui rimirò incantato il condottiero.

– Non è facile guidare così tanta gente! Egli deve raccogliere i suoi pensieri perché ha un grave compito da portare a termine, – disse di nuovo il primo.

Giunse il tempo dei preparativi. Essi attesero un po’, comunque, per vedere se qualcun altro cambiasse idea e li seguisse, ma siccome non si presentò nessuno, non poterono indugiare oltre.

– Non dovremmo incamminarci? – chiesero al loro condottiero.

Egli si levò senza dire una parola.

Gli uomini più coraggiosi si raccolsero subito intorno a lui per poter essere d’aiuto in caso di pericolo o di una qualche emergenza.

Il condottiero, accigliato, il capo chino, mosse qualche passo, facendo ondeggiare il bastone davanti a lui con fare solenne. Il gruppo mosse al suo seguito e gridò diverse volte: “Lunga vita al nostro condottiero!” Egli fece qualche altro passo e incappò nella recinzione di fronte al municipio. Là, naturalmente, si fermò; così anche il seguito fece altrettanto. Il condottiero allora indietreggiò un po’ e batté alcune volte il bastone sulla recinzione.

– Cosa vuoi che facciamo? – domandarono loro.

Egli non disse nulla.

– Cosa dovremmo mai fare? Abbattere la recinzione! E questo che dobbiamo fare! Non vedete che ci sta indicando con il suo bastone cosa fare? – gridarono coloro che circondavano il condottiero.

– C’è il cancello! C’è il cancello! – gridarono i bambini indicando il cancello che era di fronte a loro.

– Silenzio, state buoni, piccoli!

– Che Dio ci assista, che accade? –  disse qualche donna segnandosi.

– Non una parola! Egli sa cosa bisogna fare. Abbattete la recinzione!

In un istante fu come se la recinzione non fosse mai stata là.

Essi la oltrepassarono.

Avevano percorso sì e no cento passi quando il condottiero s’mbatté in un grosso cespuglio di spine e si fermò. Riuscì a tirarsene fuori con grande difficoltà e quindi prese a battere il suo bastone in ogni direzione.

– Che altro, adesso? – gridarono quelli nelle retrovie.

– Abbattete il cespuglio di spine! – esclamarono coloro che circondavano il condottiero.

– C’è la strada dietro il cespuglio di spine. Eccola! – gridarono i bambini e anche molte persone che stavano dietro.

– C’è la strada! C’è la strada! – schernirono quelli intorno al condottiero, rifacendo loro il verso con sdegno. – E come possiamo noi uomini cechi sapere dove egli ci stia conducendo? Non è da tutti dare ordini. Il condottiero conosce la strada migliore e la più diretta. Abbattete il cespuglio di spine!

Essi si precipitarono per liberare il passo.

– Ahi, – gemette qualcuno punto sulla mano da una spina e qualcun altro colpito in volto dal ramo di una mora.

– Fratelli, non potete ottenere qualcosa in cambio di nulla. Dovete impegnarvi un po’ per riuscire, – rispose il più coraggioso del gruppo.

Dopo molto penare si fecero largo attraverso il cespuglio e proseguirono.

Dopo aver vagato per un altro po’, s’imbatterono in un mucchio di tronchi. Anche questi furono gettati da un lato. Quindi proseguirono.

Il primo giorno venne fatta molta poca strada poiché essi dovettero superare molteplici, simili ostacoli. Per giunta ciò avveniva con scarse vettovaglie perché alcuni avevano portato con sé solo pane secco e un po’ di formaggio mentre altri non avevano che del pane secco per placare la loro fame. Alcuni non avevano proprio nulla. Per fortuna era estate così che poterono trovare qualche albero da frutto qua è là.

Così, malgrado il primo giorno non avessero lasciato dietro di sé che un breve tratto, essi erano molto stanchi. Non si presentarono grossi pericoli e non ci furono nemmeno incidenti. Naturalmente in un’impresa così complessa i seguenti eventi devono essere considerate delle inezie: una spina conficcata nell’occhio sinistro di una donna, che questa aveva coperto con un panno bagnato; un bambino zoppicante che inveiva a un tronco; un vecchio che aveva inciampato in un cespuglio slogandosi una caviglia – dopo che vi era stata applicata della cipolla tritata, l’uomo aveva sopportato coraggiosamente il dolore e, piegato sul suo bastone, aveva seguitato ad arrancare arditamente dietro il condottiero. (A dire il vero, alcuni dissero che il vecchio mentiva a proposito della sua caviglia, che egli fingesse soltanto perché era ansioso di tornare indietro). Presto furono pochi a non avere una spina nel braccio o un volto senza graffi. Gli uomini resistettero a tutto questo con eroismo, mentre le donne maledirono l’ora stessa che erano partiti e i bambini piangevano, naturalmente, poiché essi non comprendevano che tutta questa fatica e sofferenza sarebbe stata magnificamente ricompensata.

Con somma felicità e gaudio di tutti, nulla accadde al condottiero. Francamente, se dobbiamo dirla tutta, egli era certo molto protetto, ma a parte ciò, l’uomo era semplicemente fortunato. Al primo accampamento per la notte tutti pregarono e ringraziarono Dio per l’esito favorevole del cammino quotidiano e che nulla, nemmeno la più piccola sventura avesse colpito il condottiero. Allora uno degli uomini più coraggiosi prese la parola. Il suo volto era stato graffiato da un cespuglio di more, ma lui non badava a questo.

– Fratelli, – egli esordì. –  Un giorno di fruttuoso cammino è alle nostre spalle, ringraziando Dio. Il percorso non è facile, ma è necessario perseverare perché tutti sappiamo che questa ardua via ci condurrà alla felicità. Possa Dio onnipotente proteggere il nostro condottiero da ogni male di modo che egli possa seguitare a condurci con successo.

– Domani perderò l’altro occhio se le cose andranno come oggi! –  una delle donne urlò con collera.

– Ahi, la mia gamba! – gemette il vecchio, incoraggiato dal commento della donna.

I bambini continuavano a frignare e piangere, e le madri facevano fatica a zittirli affinché si potesse udire il portavoce.

– Sì, tu perderai l’altro occhio, – sbottò egli adirato, – e  che tu possa perderli ambedue! Non è una grande avversità per una donna perdere gli occhi per una causa così importante. Vergogna! Non pensi neanche al benessere dei tuoi bambini? Che metà di noi periscano in questa impresa! Che differenza fa? Che cos’è un occhio? A cosa ti servono gli occhi quando c’è qualcuno che guarda per noi e che ci sta conducendo verso la felicità? Dovremmo abbandonare la nostra impresa soltanto a causa del tuo occhio e della gamba del vecchio?

– Sta mentendo! Il vecchio mentisce! Egli fa solo finta così da poter tornare indietro, – delle voci echeggiarono da ogni parte.

– Fratelli, chiunque non voglia proseguire oltre, – disse ancora il portavoce, – che torni indietro invece di lamentarsi e sobillare il resto di noialtri. Per quanto mi riguarda, io seguirò questo saggio condottiero fintanto che mi rimarrà qualcosa!

– Lo seguiremo tutti! Lo seguiremo finché vivremo!

Il condottiero era silente.

Tutti cominciarono a guardarlo e sussurrarono:

– È assorto nei suoi pensieri!

– Un uomo saggio!

– Guardate la sua fronte!

– Ed è sempre accigliato!

– Austero!

– È un ardimentoso! Ogni cosa in lui lo rivela.

– Puoi dirlo forte! Recinzioni, tronchi, rovi si fa strada attraverso ogni cosa. Egli batte cupamente il suo bastone, senza dir nulla, e bisogna indovinare cosa gli passa per la mente.

(pagina seguente)

Condottiero (1/3)

– Fratelli e amici, ho udito i vostri discorsi, vi prego quindi adesso di darmi ascolto. Tutto il nostro discorrere e deliberare non giova a nulla fintanto che rimaniamo in questa  regione arida. In questo suolo brullo e tra queste rocce non è mai riuscito a crescere nulla, nemmeno negli anni ricchi di pioggia, figurarsi con una siccità come quella attuale, che nessuno di noi ha mai visto prima. Per quanto ancora seguiteremo a riunirci così e blaterare in vano? Il bestiame muore per mancanza di nutrimento, e presto anche noi e i nostri figli saremo ridotti alla fame. Dobbiamo trovare un’altra soluzione che sia migliore e più sensata. Io penso che sarebbe meglio abbandonare questa terra arida e andare per il mondo in cerca di un terreno migliore e più fertile, poiché non possiamo davvero vivere più a lungo in questo modo.

Così un’abitante di qualche sterile provincia si espresse una volta con voce stanca in una certa riunione. Il dove e il quando non è di nostro interesse, suppongo. L’importante è che mi crediate quando dico che ciò è avvenuto da qualche parte in un certo paese molto tempo fa, e tanto basta. Per dirla tutta, una volta ho pensato di aver inventato di sana pianta l’intera storia, ma poco a poco mi è riuscito di liberarmi da questa spiacevole illusione. Adesso credo fermamente che sto per narrare ciò che è davvero accaduto e che deve essere successo da qualche parte e in qualche tempo e che io non avrei mai potuto inventarlo da me.

Gli uditori, dai pallidi volti macilenti e dagli sguardi vuoti, cupi, quasi imperscrutabili, le mani sotto la cinghia, sembrarono ravvivarsi a queste sagge parole. Ognuno immaginava già di essere in qualche sorta di magica, paradisiaca terra dove la ricompensa per lo spezzarsi la schiena nel lavoro sarebbe stata un ricco raccolto.

– Ha ragione! Ha ragione! – mormorarono le voci stremate da ogni lato.

– Questo luogo è vi…ci…no? – un lungo sospiro si udì provenire da un angolo.

– Fratelli! – principiò un altro con voce un po’ più forte. – Dobbiamo seguire subito questo consiglio perché non possiamo più andare avanti così. Abbiamo faticato e ci siamo sacrificati, ma tutto è stato vano. Abbiamo piantato sementi che avrebbero potuto darci nutrimento, ma giunsero le alluvioni a spazzare via semi e terra dai pendii lasciando allora solo la nuda roccia. Dovremmo restare qui per sempre e lavorare da mane a sera solo per rimanere affamati e assetati, nudi e a piedi scalzi? Dobbiamo andarcene e cercare terreni migliori e più fertili dove il duro lavoro produrrà raccolti abbondanti.

– Andiamo! Andiamo via subito poiché non si può più vivere in questo posto!

Si levarono mormorii, e ognuno cominciò ad allontanarsi, senza pensare dove stesse andando.

– Aspettate, fratelli! Dove andate? – il primo oratore interloquì nuovamente. È certo che dobbiamo metterci in cammino, ma non in questo modo. Dobbiamo sapere dove siamo diretti. Viceversa, potremmo finire in una situazione peggiore anziché trovare la salvezza. Suggerisco di nominare un capo al quale ubbidire e che ci indichi la via migliore e la più diretta.

– Scegliamo! Scegliamo subito qualcuno, – si udì tutt’intorno.

Fu allora che divampò la contesa, un autentico guazzabuglio. Chiunque parlava e nessuno prestava ascolto o era capace di farlo. Presero a dividersi in fazioni, ogni individuo che mormorava tra sé, e poi anche queste si sciolsero. A due a due si prendevano per il braccio, arguivano, cercavano di dimostrare qualcosa, si tiravano per la manica e intimavano a gesti il silenzio. Poi tutti si riunirono di nuovo, seguitando a discorrere.

– Fratelli! – si levò d’un tratto una voce più forte che soffocò tutte le altre sorde e roche. – Così non otterremo alcuna intesa. Tutti parlano e nessuno ascolta. Designiamo un condottiero! Chi potremmo scegliere tra di noi? Chi ha viaggiato abbastanza da conoscere le vie? Noialtri ci conosciamo bene, eppure io per primo non metterei me stesso e i miei figli sotto la guida di nessuno dei presenti. Piuttosto, ditemi chi conosce quel viandante laggiù che sieda all’ombra sul ciglio della strada da stamane?

Calò il silenzio. Tutti si voltarono verso lo straniero e lo squadrarono da capo a piedi.

Il viandante, di mezz’età, dal volto greve che s’intravedeva appena tra la barba e i capelli lunghi, sedeva restando in silenzio come prima, assorto nei suoi pensieri,  e di tanto in tanto batteva a terra il suo grosso bastone.

– Ieri ho veduto quello stesso individuo con un ragazzo. Si tenevano per mano e scendevano lungo la strada. E la scorsa notte il ragazzo ha lasciato il villaggio ma lo straniero è rimasto qui.

– Fratello, dimentichiamo queste ridicole inezie in modo da non perdere del tempo. Chiunque egli sia, viene certo da lontano siccome nessuno di noi lo conosce e sicuramente sa qual è la via più breve e migliore per condurci. Secondo la mia opinione egli è un uomo molto saggio, poiché siede là in silenzio e medita. Chiunque altro avrebbe già messo naso nei nostri affari una decina di volte o più, oppure avrebbe intavolato una conversazione con uno di noialtri, invece egli è rimasto seduto là per tutto il tempo in solitudine e senza dir nulla.

– È naturale, il buonuomo siede tranquillo perché medita qualcosa. Non può che essere molto intelligente, – convenirono gli altri e presero a scrutare di nuovo lo straniero.

Non perdettero molto altro tempo a discutere prima di concordare che sarebbe stato meglio interrogare questo viandante – il quale, sembrava loro, era stato inviato da Dio per condurli in giro per il mondo in cerca di una terra migliore e un più fertile suolo. Egli avrebbe dovuto essere il loro condottiero, e loro gli avrebbero ubbidito senza discutere.

Scelsero dieci uomini tra di loro che sarebbero dovuti andare dallo straniero per spiegargli la loro decisione. Questa delegazione avrebbe dovuto illustrargli la loro infelice condizione e chiedergli di essere il loro duce.

Così i dieci gli si avvicinarono e s’inchinarono con umiltà. Uno di loro cominciò a parlare del suolo infecondo della zona, degli anni di siccità e della miseria nella quale tutti si ritrovavano. Costui concluse nella seguente maniera:

– Tali condizioni ci costringono a lasciare le nostre case e la nostra terra e ad andare per il mondo in cerca di una patria migliore. In questo preciso istante, quando finalmente abbiamo raggiunto un accordo, sembra che Dio abbia avuto misericordia di noi, che ci abbia mandato voi, uno straniero saggio e degno, e che voi ci guiderete liberandoci dalla nostra miseria. Nel nome di tutti i presenti, vi chiediamo di essere il nostro condottiero. Ovunque andrete, noi vi seguiremo. Voi conoscete le vie e siete di certo nato in una più felice e migliore patria. Vi ascolteremo e ubbidiremo ogni vostro ordine. Accetterete, saggio straniero, di salvare così tante vite? Sarete il nostro condottiero?

Per l’intera durata di questa supplica il saggio straniero non sollevò mai il capo. Egli restò nella medesima posizione nella quale l’avevano trovato. Il capo chino, egli aggrottava la fronte e non disse nulla. Solo pestava il suolo di tanto in tanto con il suo bastone, e pensava. Quando la petizione fu terminata, egli borbottò seccamente e adagio senza mutare la sua posizione:

– Lo farò!

– Possiamo dunque venire con voi in cerca di un posto migliore?

– Potete! – soggiunse senza levare il capo.

Entusiasmo ed espressioni di lode si levavano adesso, ma lo straniero non profferì parola al riguardo.

I dieci informarono l’assemblea del loro successo.

– Non si è nemmeno mosso dalla sua posizione  o sollevato il capo per vedere se non altro chi gli parlava. Si è limitato a rimanere seduto in silenzio a meditare. In risposta a tutti i nostri discorsi e apprezzamenti ha pronunziato solo tre parole.

– Un vero saggio! Un’intelligenza rara! – gridarono con giubilo da ogni parte affermando che Dio stesso lo aveva inviato come un angelo dal cielo per salvarli. Erano tutti persuasi del successo sotto la guida di un simile condottiero che nulla al mondo poteva inquietare. E così fu deciso di partire l’indomani all’alba.

(pagina seguente)

Ragionamento di un comune bue serbo

Molte cose sorprendenti accadono a questo mondo, e il nostro paese, come molti sanno, eccede di meraviglie al punto che le meraviglie non sono più tali. Ci sono degli individui qui da noi che occupano delle posizioni veramente di alto prestigio che non pensano affatto, ed ecco allora che come una forma di compensazione, o magari per qualche altra ragione, un comune bue di campagna, che non differisce di una virgola dagli altri buoi Serbi, cominciò a pensare. Dio sa cosa accadde per far sì che questo ingegnoso animale osasse imbarcarsi in un’impresa così impudente, specialmente considerando che in Serbia questa infelice occupazione può solo arrecarvi danno. Diciamo allora che questo povero diavolo, nella sua ingenuità, non sapeva che un tale ufficio non rende nella sua patria, così non gli riconosceremo alcun coraggio civico. Pure rimane un mistero il perché un bue debba pensare dal momento che non è un elettore, né un normale consigliere o un sindaco, né è stato eletto deputato in alcuna assemblea bovina, o tanto meno senatore (se questo ha raggiunto una certa età). E casomai l’anima bella avesse sognato di diventare ministro di stato in qualsivoglia paese bovino, essa avrebbe dovuto sapere che all’opposto, sarebbe stato necessario far pratica del come pensare il meno possibile, come quei ministri eccellenti in alcuni paesi più felici, per quanto il nostro paese non sia così fortunato nemmeno da questo punto di vista. In fin dei conti, perché dovremmo preoccuparci del motivo per il quale un bue Serbo ha intrapreso un’attività abbandonata dalla gente? Inoltre, potrebbe darsi che esso abbia iniziato a pensare semplicemente in virtù di un qualche suo istinto naturale.

Quindi, di che genere di bue si tratta? Un comune bue che, come la zoologia ci insegna, ha una testa, un corpo e degli arti, come tutti gli altri buoi; esso tira un carretto, pascola sull’erba, lecca il sale, rumina e muggisce. Il suo nome è Cenerino.

Ecco come iniziò a pensare. Un giorno il suo padrone mise sotto giogo lui e il suo compagno, Nerino, caricò alcuni picchetti rubati sul carretto e li portò in città per venderli. Quasi immediatamente non appena fu entrato in città egli vendette i picchetti e quindi tolse il giogo a Cenerino e al suo compagno, agganciò la catena che li assicurava al giogo, gli gettò davanti un fascio di Rudbeckia, e se ne andò allegro in una piccola taverna per rinfrescarsi con qualche bicchiere. Si svolgeva una fiera in paese, così s’incrociavano uomini, donne e bambini per ogni dove. Nerino, che era noto tra gli altri buoi per essere alquanto tonto, non guardò nulla, ma si dedicò in tutta serietà al suo pranzo, fece una scorpacciata, mugghiò un po’ per il puro piacere di farlo, e quindi si distese, sonnecchiando placidamente e ruminando. Tutte quelle persone che passavano non erano affar suo. Lui semplicemente sonnecchiava e ruminava (è un peccato che non fosse un umano, con simili predisposizioni atte a una nobile carriera). Cenerino invece non poteva prendere un solo boccone. I suoi occhi sognanti e l’espressione triste sul muso mostravano di primo acchito che questi era un pensatore, e una delicata, impressionabile anima. La gente, Serbi, gli passava accanto, fieri del loro glorioso passato, del loro nome, della loro nazione, e questo orgoglio si rivelava nel loro contegno e passo severo. Cenerino osservò tutto questo, e d’un tratto il suo animo fu avvinto dalla pena e dal dolore per la tremenda ingiustizia, ed esso non poté che soccombere a una simile forte, improvvisa e intensa emozione: questi mugghiò tristemente, dolorosamente, le lacrime negli occhi. E nel suo immenso dolore, Cenerino cominciò a pensare:

– Di cosa il mio padrone e i suoi compatrioti, i Serbi, vanno così fieri? Perché tengono le loro teste così alte e guardano alla mia gente con orgoglio altezzoso e disprezzo? Essi sono fieri della loro madrepatria, orgogliosi che un fato benigno gli ha permesso di nascere qui in Serbia. Anche mia madre mi ha dato alla luce qui in Serbia, e la Serbia non è soltanto la mia madrepatria ma anche quella di mio padre, e i miei antenati, proprio come i loro, sono giunti in queste terre dalla vecchia patria Slava. Eppure nessuno di noi buoi si è sentito fiero di questo, siamo solo orgogliosi della nostra capacità di tirare un carico più pesante in salita; fino ad oggi un bue non ha mai detto a un bue Tedesco: “Che volete da me, io sono un bue Serbo, la mia patria è la fiera nazione Serba, tutti i miei avi sono stati generati in questo luogo, e qui, in codesta terra, sono le tombe dei miei antenati”. Dio ce ne scampi, non ci siamo mai inorgogliti di questo, giammai c’è saltato in mente, mentre essi ne vanno persino fieri. Strana gente!

Preso da simili pensieri, il bue scrollò mestamente il capo, la campana sul collo che suonava e il gioco che scricchiolava. Nerino aprì gli occhi, guardò il suo amico e muggì:

– Di nuovo con queste tue buffonate! Mangia, sciocco, ingrassa un po’, guarda le tue costole che sporgono; se pensare fosse stato un bene, la gente non l’avrebbe lasciato a noi buoi. Non saremmo certo stati così fortunati!

Cenerino guardò il suo compagno con pietà, ritrasse la testa da lui, e tornò a immergersi nei suoi pensieri.

– Essi vanno fieri del loro passato glorioso. Essi hanno il loro Campo del Kosovo. Capirete, i miei avi non tiravano carretti con cibo e armamenti già allora? Non fosse stato per noi, la gente avrebbe dovuta farlo da sé. Poi vi fu la sommossa contro i Turchi. Una grande, nobile impresa, ma chi si trovava colà a quel tempo? Sono stati questi altezzosi sempliciotti, impettiti con fierezza davanti a me come se fosse merito loro, a sollevare la rivolta? Prendete il mio padrone come esempio. Anch’egli è così orgoglioso e mena vanto della rivolta, specialmente considerando il fatto che il suo bisnonno perì nella guerra di liberazione come un autentico eroe. Ed è questo merito del mio padrone? Il suo bisnonno ha il diritto di essere fiero, ma non lui; il suo bisnonno è morto affinché il mio padrone, suo discendente, potesse essere libero. Così egli è libero, e come usa la propria libertà? Egli ruba i picchetti degli altri, siede sul carretto e io devo condurre sia lui che i picchetti mentre egli è addormentato alle redini. Ora ha venduto i suoi picchetti, sta bevendo liquore, non fa nulla e s’inorgoglisce del suo glorioso passato. E quanti dei miei antenati sono stati massacrati nella sommossa per nutrire i combattenti? E i miei antenati all’epoca non trascinavano armamenti, cannoni, cibo, munizioni? Eppure noi non ci vantiamo dei loro meriti perché non siamo cambiati; noi compiamo ancora il nostro dovere oggidì, così come i nostri antenati, pazientemente e coscienziosamente.

Essi sono fieri delle sofferenze dei loro antenati e di cinquecento anni di schiavitù. I miei simili hanno sofferto per l’intera loro esistenza, e oggidì ancora soffriamo e siamo ridotti in schiavitù, eppure non lo urliamo a squarciagola. Essi dicono che i Turchi li hanno torturati, assassinati e impalati; be’, i miei antenati venivano assassinati allo stesso modo dai Turchi come dai Serbi, e arrostiti, e sottoposti a ogni genere di torture.

Essi sono fieri della loro religione, eppure non credono in nulla. Che colpa abbiamo io e i miei simili se non possiamo essere accettati tra i Cristiani? La loro religione dice loro di “non rubare” ed ecco che il mio padrone ruba e beve col danaro ottenuto dal rubare. La loro religione li esorta ad amare i loro vicini, eppure essi non si fanno altro che del male l’un l’altro. Per loro, l’uomo migliore, un esempio di virtù, è colui che non fa alcun male, e naturalmente nessuno pensa di chiedere a qualcuno di fare anche qualcosa di buono, a parte il non fare del male. Questo dice quanto siano caduti in basso, che i loro esempi di virtù non sono meglio di qualsiasi oggetto inutile che non sia dannoso.

Il bue sospirò profondamente, e il suo respiro sollevò la polvere dalla strada.

– Così, – il bue proseguì i suoi tristi pensieri – da questo punto di vista, non siamo io e i miei simili migliori in ciò di tutti loro? Io non ho mai assassinato nessuno, non ho mai diffamato alcuno, non ho rubato nulla, non ho licenziato un uomo innocente dal pubblico servizio, non ho causato un ammanco nel tesoro nazionale, non ho dichiarato una bancarotta fraudolenta, non ho mai posto in catene o arrestato delle persone innocenti, non ho mai calunniato i miei amici, non sono mai andato contro i miei principi bovini, non ho reso falsa testimonianza, non sono mai stato un ministro di stato e non ho mai causato alcun male al paese, e non solo non ho mai fatto alcun male, ma faccio anche del bene a coloro che mi fanno del male. Mi madre mi ha dato alla luce, e subito degli uomini malvagi mi hanno sottratto il latte di mia madre. Se non altro Dio ha creato l’erba per noi buoi, e non per gli uomini, eppure essi ci privano anche di questa. Pure, nonostante tutti quei colpi, noi tiriamo i carretti degli uomini, ariamo i loro campi e gli diamo il pane. Malgrado ciò nessuno ammette i meriti di ciò che facciamo per la patria…

– Oppure considerate il digiuno come esempio; be’, agli uomini, la religione dice di digiunare in tutti i giorni festivi, eppure essi non sono disposti a sopportare nemmeno questo piccolo digiuno, mentre io e la mia gente digiuniamo tutta la vita, sin da quando siamo stati svezzati per la prima volta dal seno di nostra madre.

Il bue chinò il capo come se fosse preoccupato, quindi lo risollevò di nuovo, sbuffò con rabbia, e parve che qualcosa di importante gli stesse tornando in mente, tormentandolo; d’un tratto, mugghiò gioiosamente:

– Oh, adesso lo so, deve trattarsi di questo – e seguitò a ragionare, – è questo: essi sono fieri della loro libertà e dei diritti civili. Devo ponderare seriamente la questione.

Ed esso pensava, pensava, ma non riusciva a comprendere.

– Quali sono questi loro diritti? Se la polizia gli ordina di votare, essi votano, e parimenti, noi potremmo altrettanto facilmente mugghiare: “Pee-e-e-er!” E se non gli viene ingiunto, essi non osano votare, o anche solo immischiarsi in politica, proprio come noi. Essi inoltre vengono battuti in prigione, anche se sono del tutto innocenti. Se non altro noi mugghiamo e agitiamo la coda, ed essi non hanno nemmeno questo piccolo coraggio civico.

In quel mentre, il suo padrone uscì dalla taverna. Ubriaco, barcollante, gli occhi annebbiati, mormorando qualche parola incomprensibile, egli si diresse errando verso il carretto.

– Guardate, come sta usando questo fiero discendente la libertà conquistata con il sangue dei suoi antenati? Certo, il mio padrone è un ubriacone e un ladro, ma come usano gli altri questa libertà? Semplicemente per oziare e inorgoglirsi del passato e del merito dei loro antenati al quale hanno contribuito tanto quanto me. E noialtri buoi, noi siamo rimasti lavoratori laboriosi e utili tanto quanto lo furono i nostri antenati. Siamo buoi, ma possiamo ancora essere fieri del nostro duro lavoro e dei nostri meriti oggidì.

Il bue sospirò profondamente e preparò il collo per il giogo.

 

A Belgrado, 1902
Per il progetto “Radoje Domanovic” tradotto da Walter Taurisano, 2020

Líder (2/3)

(página anterior)

No dia seguinte, todos que tiveram a coragem de fazer uma longa jornada reuniram-se. Mais de duzentas famílias foram ao local designado. Apenas alguns ficaram em casa para cuidar do antigo local.

Era realmente triste ver essa massa de pessoas infelizes, sobre os quais o amargo infortúnio forçara a abandonar a terra em que nasceram e onde estavam as sepulturas de seus ancestrais. Seus rostos estavam abatidos, desgastados e queimados pelo sol. O sofrimento de muitos anos trabalhosos mostrou seu efeito sobre eles e transmitiu uma imagem de miséria e desespero amargo. Mas, neste exato instante, foi visto o primeiro vislumbre de esperança – misturado com saudades de casa, com certeza. Lágrimas escorriam pelos rostos enrugados de muitos homens velhos que suspiraram desesperadamente e sacudiram a cabeça com um ar de mau presságio. Eles preferiam permanecer por algum tempo para que também pudessem morrer entre essas rochas a procurar uma pátria melhor. Muitas mulheres lamentavam em voz alta e se despediam de seus entes queridos mortos e de suas sepulturas que ficavam para trás.

Os homens estavam tentando criar uma frente corajosa, gritando:

– Bem, vocês querem continuar morrendo de fome nesta terra maldita e morando nesses barracos? – Na verdade, eles gostariam, o melhor seria levar consigo toda a região amaldiçoada, se fosse possível.

Havia o habitual barulho e gritos, como em toda massa de pessoas. Homens e mulheres estavam inquietos. As crianças gritavam nos berços às costas das mães. Até o gado estava um pouco desconfortável. Não havia muito gado, um bezerro de vez em quando, um bando magro e desgrenhado com uma cabeça grande e pernas gordas nas quais estavam carregando tapetes velhos, bolsas e até dois sacos sobre a sela da mochila, de modo que o pobre animal balançava sob o peso. No entanto, conseguia ficar acordado e relinchar de tempos em tempos. Outros estavam carregando burros; as crianças puxavam cães com trelas. Conversar, gritar, xingar, lamentar, chorar, latir, relinchar – tudo era abundante. Até um burro zurrou algumas vezes. Mas o líder não pronunciou uma palavra, como se o assunto todo não fosse da sua conta. Um homem realmente sábio!

Ele apenas se sentou pensativo e silenciosamente, com a cabeça baixa. De vez em quando ele cuspia; isso foi tudo. Mas, devido ao seu comportamento estranho, sua popularidade cresceu tanto que o mundo poderia acabar, como se costuma dizer. As seguintes conversas foram ouvidas:

– Deveríamos estar felizes por ter encontrado um homem assim. Se tivéssemos ido sem ele, Deus não permita! Teríamos perecido. Ele tem inteligência real, eu lhe digo! Ele está em silêncio. Ele ainda não disse uma palavra! – disse um enquanto olhava para o líder com respeito e orgulho.

– O que ele deveria dizer? Quem fala muito não pensa muito. Um homem inteligente, com certeza! Ele apenas pondera e não diz nada – acrescentou outro, e ele também olhou para o líder com reverência.

– Não é fácil liderar tantas pessoas! Ele tem que se concentrar, porque tem um grande trabalho em mãos – disse o primeiro novamente.

Chegou a hora de partir. Eles esperaram um pouco, no entanto, para ver se mais alguém mudaria de idéia e viria com eles, mas como ninguém veio, eles não puderam mais ficar.

– Não devemos ir? – eles perguntaram ao líder.

Ele se levantou sem dizer uma palavra.

Os homens mais corajosos imediatamente se agruparam ao seu redor para estar à mão em caso de perigo ou emergência.

O líder, franzindo a testa, de cabeça baixa, deu alguns passos, balançando a bengala na frente de si de uma maneira digna. A reunião seguiu atrás dele e gritou várias vezes: „Viva o nosso líder!“ Ele deu mais alguns passos e esbarrou na cerca em frente ao salão da vila. Lá, naturalmente, ele parou; então o grupo parou também. O líder então deu um passo para trás e bateu a bengala na cerca várias vezes.

– O que você quer que façamos? – eles perguntaram.

Ele não disse nada.

— O que devemos fazer? Derrube a cerca! É isso que devemos fazer! Você não vê que ele nos mostrou com sua bengala o que fazer? – gritaram aqueles que estavam ao redor do líder.

– Lá está o portão! – gritaram as crianças e apontaram para o portão que ficava a frente delas.

– Calma, crianças!

– Deus nos ajude, o que está acontecendo? – algumas mulheres disseram.

Nada. Certamente, ele sabe o que fazer. Derrube a cerca!

Em um instante, a cerca caiu como se nunca tivesse estado lá.

Eles passaram a cerca.

Mal haviam subido cem degraus quando o líder correu para um grande arbusto de espinhos e parou. Com grande dificuldade, ele conseguiu sair e ele começou a bater na bengala em todas as direções. Ninguém se mexeu.

– E qual é o problema agora? – gritaram os de trás.

– Corte o arbusto de espinhos! – gritaram os que estavam ao redor do líder.

– Ali está a estrada, ao redor dos arbustos espinhosos! Lá está! – gritaram as crianças e várias pessoas.

– Aqui está a estrada! Aqui está a estrada! – zombavam aqueles ao redor do líder, imitando com raiva. – E como iremos saber para onde ele está nos levando? Não podemos receber ordem de todos. O líder conhece a melhor rota e mais direta. Corte o arbusto de espinhos!

Eles mergulharam para limpar o caminho.

– Ai! – exclamou alguém que prendeu a mão em um espinho e alguém cujo rosto foi atingido por um galho de amora.

– Irmãos, nada vem sem esforço. Você tem que se esforçar um pouco para ter sucesso – responderam os mais corajosos do grupo.

Eles romperam o mato depois de muito esforço e seguiram em frente.

Depois de vagar um pouco mais adiante, encontraram um monte de toras. Estas também foram jogadas para o lado. Então eles continuaram.

Muito pouco terreno foi coberto no primeiro dia, porque eles tiveram que superar vários obstáculos semelhantes. E tudo isso com pouca comida, porque alguns trouxeram apenas pão seco e um pouco de queijo, enquanto outros tinham apenas um pouco de pão para satisfazer sua fome. Alguns não tinham nada. Felizmente, era verão e eles encontraram árvores frutíferas pelo caminho.

Assim, embora no primeiro dia eles tivessem andado apenas um pequeno trecho, eles se sentiram muito cansados. Nenhum grande perigo apareceu e também não houve acidentes. Naturalmente, numa empreitada tão grande, os seguintes eventos devem ser considerados insignificantes: um espinho espetou o olho esquerdo de uma mulher, ela cobriu com um pano úmido; uma criança berrou e bateu em um tronco; um velho tropeçou em um arbusto de amora e torceu o tornozelo, o homem suportou bravamente a dor e, apoiando-se na bengala, saiu mancando valentemente atrás do líder. (Certamente, vários disseram que o velho estava mentindo sobre o tornozelo, que estava apenas fingindo porque estava ansioso para voltar.) Logo, havia apenas alguns que não tinham espinhos no braço ou rosto arranhado. Os homens suportaram tudo heroicamente, enquanto as mulheres amaldiçoaram a hora em que partiram e as crianças choravam, naturalmente, porque não entendiam que todo esse trabalho e dor seriam ricamente recompensados.

Para a felicidade e alegria de todos, nada aconteceu ao líder. Francamente, se queremos dizer a verdade, ele estava muito protegido, mas ainda assim, o homem tinha simplesmente sorte. No acampamento da primeira noite, todos oraram e agradeceram a Deus que a jornada do dia foi bem-sucedida e que nada, nem mesmo a menor desgraça, havia acontecido ao líder. Então um dos homens mais corajosos começou a falar. Seu rosto havia sido arranhado por um arbusto de amora, mas ele simplesmente não prestou atenção.

– Irmãos – ele começou. – A jornada de um dia foi bem sucedida, graças a Deus. O caminho não é fácil, mas precisamos continuar, porque todos sabemos que esse caminho difícil nos levará à felicidade. Que Deus Todo-Poderoso proteja nosso líder de qualquer dano, para que ele possa continuar a nos liderar com sucesso.

– Amanhã vou perder meu outro olho se as coisas correrem como hoje! – uma das mulheres gritou com raiva.

– Ai, minha perna! – o velho chorou, encorajado pela observação da mulher.

As crianças continuaram choramingando e chorando, e as mães tiveram dificuldade em silenciá-las para que o porta-voz pudesse ser ouvido.

– Sim, você vai perder o outro olho – ele explodiu de raiva – e você pode perder os dois! Não é uma grande desgraça para uma mulher perder os olhos por uma causa tão grande. Que vergonha! Você não pensa no bem-estar de seus filhos? Metade de nós irá perecer nesta empreitada! Que diferença isso faz? O que é um olho? De que serve seus olhos quando há alguém que está nos procurando e nos levando à felicidade? Devemos abandonar nosso compromisso apenas por causa dos seus olhos e da perna do velho?

– Ele está mentindo! O velho está mentindo! Ele está apenas fingindo para voltar – vozes retumbantes de todos os lados.

– Irmãos, quem não quiser ir mais longe – disse o porta-voz novamente – deixe-o voltar em vez de reclamar e chatear o resto de nós. No que me diz respeito, seguirei esse sábio líder enquanto houver algo em mim!

– Todos seguiremos! Todos nós o seguiremos enquanto vivermos!

O líder ficou calado.

Todo mundo começou a olhar para ele e sussurrar:

– Ele está absorvido em seus pensamentos!

– Um homem sábio!

– Olhe para a testa dele!

– E sempre franzindo a testa!

– Sério!

– Ele é corajoso! Isso é visto em tudo nele.

– Você pode dizer isso de novo. Cerca, troncos, arbustos – ele vasculha tudo. Ele sombriamente bate com a bengala, sem dizer nada, e você deve adivinhar o que ele tem em mente.

(página seguinte)

Líder (1/3)

– Irmãos e amigos, ouvi todos os seus discursos, por isso peço agora que me escutem. Todas as nossas deliberações e conversas não valem nada enquanto permanecermos nesta região árida. Nesse solo arenoso e nessas rochas, nada foi capaz de crescer, mesmo quando houve anos chuvosos, e muito menos nesta seca, coisas que nenhum de nós jamais viu antes.

Quanto tempo vamos ficar juntos assim e conversar em vão? O gado está morrendo sem comida, e logo nós e nossos filhos vamos morrer de fome também. Precisamos encontrar outra solução que seja melhor e mais sensata. Eu acho que seria melhor deixar essa terra árida e partir para o mundo para encontrar um solo melhor e mais fértil, porque simplesmente não podemos mais viver assim.

Assim falou uma vez com voz cansada em alguma região um habitante de alguma província infértil. Onde e quando isso foi não interessa a você ou a mim, eu acho. É importante acreditar em mim que isso aconteceu em algum lugar de alguma terra há muito tempo, e isso é suficiente. Para ser sincero, certa vez pensei que havia inventado toda a história, mas aos poucos me libertei dessa desilusão desagradável. Agora acredito firmemente que vou relatar o que realmente aconteceu e deve ter acontecido em algum lugar e em algum momento e que eu nunca poderia, de forma alguma, ter inventado isso.

Os ouvintes, com rostos pálidos e abatidos, e olhares vazios, sombrios, quase sem entender, com as mãos sob os cintos, pareciam ganhar vida com essas sábias palavras. Cada um já estava imaginando que ele estava em algum tipo de terra paradisíaca mágica, onde a recompensa do trabalho árduo seria uma colheita rica.

– Ele tem razão. Ele tem razão! – sussurraram as vozes exaustos por todos os lados.

– Este lugar é pe…r…to…? – um murmúrio prolongado foi ouvido de um canto.

– Irmãos! – outro começou com uma voz um pouco mais forte. – Devemos seguir este conselho imediatamente, porque não podemos mais continuar assim. Trabalhamos e nos esforçamos, mas tudo foi em vão. Semeamos sementes que poderiam ser usadas como alimento, mas as inundações vieram e lavaram as sementes e o solo para longe das encostas, de modo que só restava rocha nua. Deveríamos ficar aqui para sempre e trabalhar de manhã à noite, apenas para permanecer com fome e sede, nus e descalços? Temos que partir e procurar um solo melhor e mais fértil, onde o trabalho árduo produza colheitas abundantes.

– Vamos lá! Vamos imediatamente porque este lugar não é mais adequado para morar!

Os sussurros surgiram e cada um começou a se afastar, sem pensar para onde estava indo.

– Espere irmãos! Onde vocês vão? – o primeiro orador recomeçou. – Claro que devemos ir, mas não assim. Temos que saber para onde estamos indo. Caso contrário, podemos acabar em uma situação pior, em vez de nos salvar. Sugiro que escolhamos um líder a quem todos devemos obedecer e que nos mostrará a melhor e mais direta maneira.

– Vamos escolher! Vamos escolher alguém imediatamente, – foi ouvido por toda parte.

Só agora surgiram as discussões, um verdadeiro caos. Todo mundo estava conversando e ninguém estava ouvindo ou era capaz de ouvir. Eles começaram a se dividir em grupos, cada pessoa resmungando consigo mesma, e então até os grupos se separaram. Em dois, começaram a conversar lado a lado, argumentando, tentando provar alguma coisa, puxando um ao outro pela manga e fazendo silêncio pelas mãos. Então todos se reuniram novamente, ainda conversando.

– Irmãos! – de repente ressoou uma voz mais forte que abafou todas as outras vozes roucas e sem graça. – Não podemos chegar a nenhum tipo de acordo desta maneira. Todo mundo está falando e ninguém está ouvindo. Vamos escolher um líder! Quem dentre nós podemos escolher? Quem entre nós já viajou o suficiente para conhecer as estradas? Todos nós nos conhecemos bem, e ainda assim eu não colocaria eu e meus filhos sob a liderança de uma única pessoa aqui. Em vez disso, diga-me quem conhece aquele viajante que está sentado à sombra na beira da estrada desde esta manhã?

Um silêncio se instalou. Todos se voltaram para o estranho e o avaliaram da cabeça aos pés.

O viajante, de meia-idade, com um rosto sombrio que mal era visível por causa de sua barba e cabelo comprido, sentou-se e permaneceu em silêncio como antes, absorvido em pensamentos e que batia de vez em quando sua bengala grande no chão.

– Ontem vi aquele mesmo homem com um garoto. Eles estavam de mãos dadas e descendo a rua. E ontem à noite o garoto deixou a vila, mas o estrangeiro ficou aqui.

– Irmão, vamos esquecer essas pequenas bobagens para não perdermos tempo. Quem quer que seja, ele veio de muito longe, pois nenhum de nós o conhece e certamente conhece a maneira mais curta e melhor de nos liderar. Julgo que ele seja um homem muito sábio, pois está sentado em silêncio e pensando. Alguém já teria entrado em nossos negócios dez vezes ou mais agora ou teria começado uma conversa com um de nós, mas ele ficou sentado o tempo todo sozinho e sem dizer nada.

– Claro, o homem está sentado em silêncio porque está pensando em alguma coisa. Não pode ser de outro modo, exceto que ele é muito inteligente – concordaram os outros e começaram a examinar o estranho novamente. Cada um havia descoberto uma característica brilhante nele, uma prova da sua inteligência extraordinária.

Não demorou muito tempo conversando, então finalmente todos concordaram que seria melhor perguntar a esse viajante – quem, segundo eles, Deus havia enviado para levá-los ao mundo a procurar um território melhor e um solo mais fértil. Ele deveria ser o líder deles, e eles o ouviriam e o obedeceriam sem questionar.

Eles escolheram dez homens dentre eles que deveriam ir ao estrangeiro para explicar-lhe sua decisão. Essa delegação deveria mostrar a ele o estado miserável das coisas e pedir que fosse seu líder.

Então os dez foram e se curvaram humildemente. Um deles começou a falar sobre o solo improdutivo da região, sobre os anos secos e a miséria em que todos se encontravam. Ele terminou da seguinte maneira:

– Essas condições nos forçam a deixar nossas casas e nossas terras e a nos mudar para o mundo para encontrar uma pátria melhor. Nesse exato momento em que finalmente chegamos a um acordo, parece que Deus nos mostrou misericórdia, ao nos enviar você , um estranho sábio e digno -, e que vai nos liderar e nos libertar de nossa miséria. Em nome de todos os habitantes daqui, pedimos que seja nosso líder. Onde quer que vá, nós o seguiremos. Você conhece as estradas e certamente nasceu numa terra melhor e mais feliz. Ouviremos você e obedeceremos a cada um de seus comandos. Você, estranho sábio, concorda em salvar tantas almas da ruína? Será nosso líder?

Durante todo esse discurso implorante, o estranho sábio nem sequer levantou a cabeça. O tempo todo permaneceu na mesma posição em que o haviam encontrado. Sua cabeça estava abaixada. Franzia a testa, e, mesmo assim, não disse nada. Ele só batia na bengala de vez em quando e – pensava. Quando o discurso terminou, murmurou brusca e lentamente, sem mudar de posição:

– Aceito.

– Podemos ir com você e procurar um lugar melhor?

– Vocês podem! – ele continuou sem levantar a cabeça.

O entusiasmo e as expressões de apreciação surgiram agora, mas o estrangeiro não disse uma palavra a respeito disso.

Os dez informaram o sucesso na reunião, acrescentando que, só agora, eles viam a grande sabedoria que este homem possuía.

– Ele nem se mexeu do local ou levantou a cabeça pelo menos para ver quem falava. Ele apenas se sentou em silêncio e meditou. Para toda a nossa conversa e apreciação, pronunciou apenas três palavras.

– Um verdadeiro sábio! Inteligência rara! – gritaram alegremente de todos os lados, alegando que o próprio Deus o havia enviado como um anjo do Céu para salvá-los. Todos estavam firmemente convencidos do sucesso de um líder que nada no mundo poderia desconcertar. E assim foi decidido partir no dia seguinte ao amanhecer.

(página seguinte)

Marca

Eu tive um sonho horrível. Não me surpreendi muito com o sonho em si, mas me pergunto como encontrei coragem para sonhar com coisas terríveis, sendo um cidadão calmo e respeitável, um filho obediente de nossa querida e aflita mãe Sérvia, como todos os seus outros filhos. Claro, você sabe, se eu fosse uma exceção em qualquer coisa, seria diferente, mas não, meu querido amigo, faço exatamente o mesmo que todo mundo e, quanto a tomar cuidado com tudo, ninguém consegue se igualar a mim. Uma vez vi um botão brilhante do uniforme de um policial perdido na rua e observei seu brilho mágico, quase a ponto de passar, cheio de reminiscências doces; quando, de repente, minha mão começou a tremer; minha cabeça inclinou-se para a própria terra e minha boca se encheu daquele sorriso adorável que todos usamos quando cumprimentamos nossos superiores.

– Sangue nobre corre em minhas veias! – Foi o que pensei naquele momento e olhei com desdém para o bruto que passava e sem querer pisou no botão.

– Um bruto! – falei amargamente, cuspi, e depois segui em silêncio, consolado pelo pensamento de que não existem muitos tipos assim; e fiquei particularmente feliz por Deus ter me dado um coração refinado e o sangue nobre e cavalheiresco de nossos ancestrais.

Bem, agora você pode ver como sou um homem maravilhoso, nada diferente de outros cidadãos respeitáveis, e sem dúvida se perguntará como essas coisas terríveis e tolas podem aparecer nos meus sonhos.

Nada incomum aconteceu comigo naquele dia. Comi um bom jantar e depois sentei à vontade; tomando um gole do meu vinho e, depois de ter feito uso tão corajoso e consciente dos meus direitos como cidadão, fui para a cama e levei um livro comigo para dormir mais rapidamente.

O livro logo escorregou de minhas mãos, tendo, é claro, gratificado meu desejo e, com todos os meus deveres cumpridos, adormeci tão inocente quanto um cordeiro.

De repente, vi-me em uma estrada estreita e enlameada que conduzia através das montanhas. Uma noite fria e negra. O vento uiva entre galhos áridos e corta como uma navalha sempre que toca a pele nua. O céu negro, mudo e ameaçador, e a neve, como poeira, soprando nos olhos e batendo no rosto. Não havia uma alma viva em lugar nenhum. Eu corria e de vez em quando deslizava na estrada lamacenta à esquerda, à direita. Cambaleei e caí e finalmente me perdi, vagueando – Deus sabe onde – e não era uma noite curta e comum, mas parecia ter um século, e eu andava o tempo todo sem saber para onde.

Então eu caminhei durante muitos anos e fui para algum lugar, muito, muito longe do meu país natal, para uma parte desconhecida do mundo, para uma terra estranha que provavelmente ninguém conhece e que, tenho certeza, só pode ser vista em sonhos.

Percorrendo a terra, cheguei a uma cidade grande, onde muitas pessoas viviam. No grande mercado, havia uma multidão enorme, um barulho terrível acontecendo, o suficiente para estourar o tímpano. Entrei em uma pousada de frente para o mercado e perguntei ao senhorio o por quê de tantas pessoas se reunindo…

– Somos pessoas caladas e respeitáveis – ele começou sua história – somos leais e obedientes ao alcaide.

– O alcaide é a sua autoridade suprema, não é? – perguntei, interrompendo-o.

– O alcaide reina aqui e ele é nossa autoridade suprema; a polícia vem a seguir.

Eu ri.

— Está rindo? Você não sabia?… De onde você veio?

Contei a ele como tinha me perdido e que vim de uma terra distante – a Sérvia.

– Eu ouvi sobre esse país famoso! – sussurrou o senhorio para si mesmo, olhando para mim com respeito, e então ele falou em voz alta:

– É assim aqui – continuou ele – o alcaide manda aqui com seus policiais.

– Como são seus policiais?

– Bem, existem diferentes tipos de policiais – eles variam de acordo com sua classificação. Existem os mais distintos e os menos distintos… Sabemos que somos pessoas caladas e respeitáveis, mas todos os tipos de vagabundos vêm da vizinhança, eles nos corrompem e nos ensinam coisas más. Para distinguir cada um de nossos cidadãos de outras pessoas, o prefeito ordenou ontem que todos os nossos cidadãos fossem ao tribunal local, onde cada um de nós terá sua testa carimbada. É por isso que tantas pessoas se reuniram: para aconselhar-se sobre o que fazer.

Estremeci e pensei que deveria fugir dessa terra estranha o mais rápido que pudesse, porque eu, embora sérvio, não estava acostumado a uma demonstração do espírito de cavalaria e fiquei um pouco desconfortável com isso!

O proprietário riu com benevolência, me deu um tapinha no ombro e disse com orgulho:

– Estranho, isso é o suficiente para te assustar? Não é de admirar, você tem que percorrer um longo caminho para encontrar coragem como a nossa!

– E o que você pretende fazer? – perguntei timidamente.

Que pergunta ! Você verá como somos corajosos. Você tem que percorrer um longo caminho para encontrar coragem como a nossa, eu lhe digo. Você viajou por toda parte e viu o mundo, mas tenho certeza de que nunca viu heróis maiores do que nós. Vamos lá juntos. Eu tenho que me despachar.

Estávamos prestes a sair quando ouvimos, na frente da porta, o estalo de um chicote.

Eu espiei: havia uma coisa para ver – um homem com um boné brilhante de três chifres na cabeça, vestido com um terno berrante, montando nas costas de outro homem em roupas muito ricas de corte civil comum. Ele parou em frente à pousada e o cavaleiro desceu.

O proprietário saiu, curvou-se no chão, e o homem de terno berrante entrou na estalagem e foi para uma mesa especialmente decorada. O de roupas civis ficou em frente à pousada e esperou. O proprietário curvou-se para ele também.

-O que está acontecendo? – perguntei ao senhorio, profundamente intrigado.

– Bem, quem entrou na estalagem é um policial de alto escalão, e esse homem é um dos nossos cidadãos mais ilustres, muito rico e um grande patriota – sussurrou o proprietário.

– Mas por que ele deixou o outro andar de costas?

O proprietário balançou a cabeça para mim e nos afastamos. Ele me deu um sorriso desdenhoso e disse:

– Consideramos uma grande honra que raramente é merecida! – Ele me contou muitas coisas além disso, mas eu estava tão empolgado que não consegui entender. Mas ouvi muito claramente o que ele disse no final: – É um serviço ao país que todas as nações ainda não aprenderam a apreciar!

Chegamos à reunião e a eleição do presidente já estava em andamento.

O primeiro grupo colocou um homem chamado Kolb, se bem me lembro do nome, como candidato à presidência; o segundo grupo queria Talb, e o terceiro tinha seu próprio candidato.

Houve uma confusão assustadora; cada grupo queria empurrar seu próprio candidato.

– Penso que não temos um homem melhor que Kolb para presidir uma reunião tão importante – disse uma voz do primeiro grupo – porque todos conhecemos tão bem suas virtudes como cidadão e sua grande coragem. Eu não acho que haja alguém entre nós que possa se gabar de ter sido tão frequentemente açoitado por pessoas realmente importantes…

– Quem é você para falar sobre isso? – gritou alguém do segundo grupo. – Você nunca foi açoitado funcionário da polícia júnior!

– Sabemos quais são suas virtudes – gritou alguém do terceiro grupo. – Você não poderia sofrer um único golpe do chicote sem uivar!

– Vamos esclarecer isso, irmãos! – começou Kolb. – É verdade que pessoas eminentes estavam às minhas costas há dez anos; eles me açoitaram e eu nunca gritei, mas pode ser que haja mais merecedores entre nós. Talvez haja jovens melhores.

– Não, não – gritaram seus apoiadores.

– Não queremos ouvir sobre honras desatualizadas! Faz dez anos que Kolb foi açoitado – gritaram as vozes do segundo grupo.

– Sangue jovem está tomando conta, deixem os cães velhos mastigarem ossos velhos – disseram alguns do terceiro grupo.

De repente não houve mais barulho; as pessoas recuaram, da esquerda e direita, para abrir caminho e vi um jovem de cerca de trinta anos. Quando ele se aproximou, todas as cabeças se curvaram.

– Quem é? – sussurrei para o meu senhorio.

– Ele é o líder popular. Um jovem, mas muito promissor. Nos seus primeiros dias, pôde se orgulhar de ter carregado o alcaide três vezes. Ele é mais popular do que qualquer outra pessoa.

– Eles talvez o elejam? – perguntei.

– Isso é mais do que certo, porque, como todos os outros candidatos – todos são mais velhos, o tempo os ultrapassou, enquanto o alcaide estava às costas dele ontem mesmo.

Qual é o nome dele?’

– Kleard.

Eles deram a ele um lugar de honra.

– Eu acho – a voz de Kolb quebrou o silêncio -, que não podemos encontrar um homem melhor para essa posição do que Kleard. Ele é jovem, mas nenhum de nós mais velhos é igual a ele.

– Isso mesmo! Viva Kleard!… – todas as vozes rugiram.

Kolb e Talb o levaram ao lugar do presidente. Todo mundo fez uma profunda reverência e houve um silêncio absoluto.

– Obrigado, irmãos, por sua alta consideração e esta honra que vocês me concederam por unanimidade. Suas esperanças, que agora estão comigo, são muito lisonjeiras. Não é fácil dirigir o navio dos desejos da nação em dias tão importantes, mas farei tudo o que estiver ao meu alcance para justificar sua confiança, representar honestamente sua opinião e merecer sua alta consideração por mim. Obrigado, meus irmãos, por me eleger.

– Viva! Viva! Viva! – eleitores trovejaram de todos os lados.

– E agora, irmãos, espero que me permitam dizer algumas palavras sobre este importante evento. Não é fácil sofrer tantas dores, tormentos que nos aguardam; não é fácil ter a testa marcada com ferro quente. De fato, não – são dores que nem todos os homens podem suportar. Que os covardes tremam, que se encolham de medo, mas não devemos esquecer por um momento que somos filhos de bravos antepassados, que sangue nobre corre em nossas veias, sangue heróico de nossos avós, grandes cavaleiros que costumavam morrer sem fechar as pálpebras; pela liberdade e pelo bem de todos nós, sua descendência. Nosso sofrimento é leve, se você pensar no sofrimento deles – devemos nos comportar como membros de uma raça degenerada e covarde agora que estamos vivendo melhor do que nunca? Todo verdadeiro patriota, todo mundo que não quer envergonhar nossa nação diante de todo o mundo, suportará a dor como um homem e um herói.

– Isso mesmo! Viva Kleard!

Houveram vários gritos fervorosos depois de Kleard; eles encorajaram as pessoas assustadas e repetiram mais ou menos o que Kleard havia dito.

Então, um velho pálido e cansado, de rosto enrugado, cabelos e barba branca como a neve, pediu para falar. Os joelhos tremiam com a idade, as mãos trêmulas e as costas dobradas. Sua voz tremia, seus olhos brilhavam com lágrimas.

– Crianças – começou ele, com lágrimas escorrendo pelas bochechas brancas e enrugadas e caindo sobre a barba branca. – Não me sinto bem e morrerei em breve, mas parece-me que é melhor vocês não permitirem que tanta vergonha lhe aconteça.. Tenho cem anos e vivi toda a minha vida sem isso!… Por que o selo da escravidão deveria estar impresso na minha cabeça branca e cansada agora?…

– Abaixo aquele velho patife! – gritou o presidente.

– Abaixo ele! – outros gritaram.

– O velho covarde!

– Em vez de incentivar os jovens, ele está assustando todo mundo!

– Ele deveria ter vergonha de seus cabelos grisalhos! Ele viveu o suficiente e ainda pode se assustar – nós, jovens, somos mais corajosos…

– Abaixo o covarde!

– Tirem ele daí!

Fora com ele!

Uma multidão enfurecida de jovens patriotas corajosos avançou sobre o velho e começou a empurrá-lo, puxá-lo e chutá-lo com raiva.

Eles finalmente o deixaram ir por causa de sua idade – caso contrário, o teriam apedrejado vivo.

Todos eles se comprometeram a ser corajosos de manhã e a mostrar-se dignos da honra e da glória de sua nação.

As pessoas foram embora da reunião em excelente ordem. Como estavam se separando, podia-se ouvir:

– Amanhã veremos quem é quem!

– Nós vamos resolver os boatos amanhã!

– Chegou a hora de os dignos se distinguirem dos indignos, de modo que todo patife não será capaz de vangloriar-se de um coração valente!

Voltei para a pousada.

– Você viu do que somos feitos? – meu senhorio me perguntou com orgulho.

– De fato eu tenho – respondi automaticamente, sentindo que minha força havia me abandonado e que minha cabeça estava zumbindo com impressões estranhas.

Naquele mesmo dia, li no jornal deles um artigo importante, que dizia o seguinte:

Cidadãos, é hora de parar com os vaidosos e arrogantes entre nós; é hora de parar de estimar as palavras vazias que usamos em profusão para mostrar nossas virtudes e desertos imaginários. Chegou a hora, cidadãos, de pôr à prova nossas palavras e mostrar quem é realmente digno e quem não é! Mas acreditamos que não haverá covardes vergonhosos entre nós que precisarão ser levados à força para o local de marca designado. Cada um de nós que sente em suas veias uma gota do sangue nobre de nossos ancestrais lutará para ser um dos primeiros a suportar a dor e a angústia, com orgulho e em silêncio, pois isso é dor santa, é um sacrifício pelo bem de todos. nosso país e para o bem-estar de todos nós. Avante, cidadãos, pois amanhã é o dia da nobre prova!…

Meu senhorio foi para a cama naquele dia logo após a reunião, a fim de chegar o mais cedo possível ao local designado no dia seguinte. Muitos, no entanto, foram direto para a prefeitura para ficar o mais próximo possível do início da fila.

No dia seguinte, eu também fui à prefeitura. Todo mundo estava lá – jovens e velhos, homens e mulheres. Algumas mães traziam seus bebês nos braços para que pudessem ser marcados com o selo da escravidão, ou seja, de honra, e assim obter maior direito a altos cargos no serviço público.

Houve pressão e palavrões (são parecidos com os sérvios, e de alguma forma fiquei feliz com isso), e todo mundo se esforçou para ser o primeiro a entrar. Alguns estavam até pegando outros pela garganta.

Os selos foram marcados por um funcionário público especial, em um traje formal branco, que censurava levemente o povo:

– Não murmurem, pelo amor de Deus, a vez de todos chegará – Vocês não são animais, suponho que possamos lidar sem empurrar.

A marca começou. Um gritou, outro apenas gemeu, mas ninguém foi capaz de aguentar sem um som enquanto eu estivesse lá.

Eu não aguentava assistir a essa tortura por muito tempo, então voltei para a pousada, mas alguns deles já estavam lá, comendo e bebendo.

– Acabou! – disse um deles.

– Bem, nós realmente não gritamos, mas Talb estava zurrando como um burro!… – disse outro.

– Você vê como é o seu Talb e queria tê-lo como presidente da reunião ontem.

– Ah, nunca se sabe!

Eles conversaram, gemendo de dor e se contorcendo, mas tentando esconder um do outro, pois cada um deles tinha vergonha de ser considerado um covarde.

Kleard se desgraçou, porque ele gemeu, e um homem chamado Lear era um herói, porque ele pediu para ter dois selos carimbados na testa e não emitiu um som de dor. Toda a cidade estava falando com o maior respeito por ele.

Algumas pessoas fugiram, mas foram desprezadas por todos.

Depois de alguns dias, aquele com dois selos na testa andava com a cabeça erguida, com dignidade e auto-estima, cheio de glória e orgulho, e onde quer que fosse, todo mundo se curvava e tirava o chapéu para saudar o herói do dia.

Homens, mulheres e crianças correram atrás dele na rua para ver o melhor homem da nação. Onde quer que fosse, sussurros inspirados em reverência o seguiam: ‘Lear, Lear!… „É ele. Esse é o herói que não uivou, que não emitiu som enquanto dois selos estavam sendo carimbados na testa! Ele estava nas manchetes dos jornais, elogiado e glorificado.

E ele mereceu o amor do povo.

Em todo lugar, ouço esses elogios e começo a sentir o sangue sérvio antigo e nobre correndo em minhas veias. Nossos ancestrais eram heróis, morreram empalados em apostas pela liberdade; nós também temos nosso passado heróico e nossa Kosovo. Eu me emociono com orgulho e vaidade nacional, ansioso para mostrar como minha raça é corajosa e tive vontade de correr para a Prefeitura e gritar:

– Por que você elogia seu Lear?… Você nunca viu verdadeiros heróis! Venha e veja você mesmo como é o sangue sérvio nobre! Marque dez selos na minha cabeça, não apenas dois!

O funcionário do terno branco trouxe seu carimbo perto da minha testa, e eu comecei… Eu acordei do meu sonho.

Esfreguei minha testa com medo e me virei, imaginando as coisas estranhas que aparecem nos sonhos.

– Quase ofusquei a glória do Lear deles – pensei e, satisfeito, virei, e lamentava de alguma forma que meu sonho não tivesse chegado ao fim.

 

Em Belgrado, 1899
Para o projeto “Radoje Domanović” traduzido por Thais Coelho, revisado por Jelena Veljković, 2020

Raciocínio de um boi sérvio comum

Muitas maravilhas ocorrem neste mundo, e nosso país está, como muitos dizem, transbordando de maravilhas a tal ponto que maravilhas não são mais maravilhas. Há pessoas aqui em posições muito altas que nem pensam, e como compensação, ou talvez por outras razões, o boi de um camponês comum, que não difere nem um pouco dos outros bois sérvios, começou a pensar. Deus sabe o que aconteceu que fez com que esse engenhoso animal se atrevesse a se engajar em um empreendimento tão impetuoso, especialmente porque havia sido provado que na Sérvia essa ocupação infeliz só poderia lhe trazer desserviço. Digamos então que esse pobre diabo, em toda a sua ingenuidade, nem sabia que esse empreendimento não é lucrativo em sua terra natal, por isso não lhe atribuímos nenhuma coragem cívica em particular. Mas ainda permanece um mistério o por quê de um boi pensar, já que não é eleitor, nem vereador, nem vereador da aldeia, nem foi eleito deputado em qualquer assembleia bovina, ou mesmo (se atingiu uma certa idade) um senador. E se a pobre alma já sonhou em se tornar um ministro de estado em qualquer país bovino, ele deveria saber que, pelo contrário, deveria praticar como pensar o mínimo possível, como aqueles excelentes ministros em alguns países mais felizes, embora nosso país também não tenha a mesma sorte. No final, por que deveríamos nos preocupar com o por quê de um boi na Sérvia ter se engajado em um empreendimento abandonado pelo povo? Além disso, pode ter acontecido que ele começou a pensar apenas devido a algum instinto natural dele.

Então, que tipo de boi é esse? Um boi comum que, como a zoologia nos ensina, uma cabeça, corpo e membros, como todos os outros bois; ele puxa um carrinho, pasta na grama, lambe sal, rumina e zurra. O nome dele é Cinzento.

Aqui está quando é que ele começou a pensar. Um dia, seu mestre colocou no carrinho ele e seu amigo, Preto, carregou alguns piquetes roubados no carrinho e os levou à cidade para vender. Quase imediatamente depois de entrar na cidade, ele vendeu os piquetes e depois desamarrou Cinzento e seu camarada, prendeu a corrente que os amarra ao jugo, jogou um maço de feno na frente deles e alegremente entrou numa pequena taberna para se refrescar com um algumas bebidas. Havia um festival em andamento na cidade, e havia homens, mulheres e crianças passando por todos os lados. Preto, também conhecido por outros bois como sendo um tanto idiota, não olhou para nada; em vez disso, comeu o almoço com toda a seriedade, comeu de barriga para baixo, tirou um pouco por puro prazer e depois deitou-se, cochilando docemente e ruminando. Todas aquelas pessoas que passavam não eram da sua conta. Ele estava apenas cochilando e ruminando pacificamente (é uma pena que ele não seja humano, com todas essas predisposições para uma carreira nobre). Mas Cinzento não deu uma única mordida. Seus olhos sonhadores e a expressão triste no seu rosto mostraram à primeira vista que este era um pensador e uma alma doce e impressionável. Os Sérvios passavam por ele, orgulhosas de seu passado glorioso, seu nome, sua nação, e esse orgulho se manifesta em seu comportamento e ritmo severos. Cinzento observou tudo isso, e sua alma foi subitamente consumida por tristeza e dor devido à tremenda injustiça, e ele não pôde deixar de sucumbir a uma emoção tão forte, repentina e poderosa; ele gemeu tristemente, dolorosamente, lágrimas rolando em seus olhos. E em sua imensa dor, Cinzento começou a pensar:

– De que estão tão orgulhosos o meu mestre e seus compatriotas, os Sérvios? Por que eles mantêm a cabeça tão alta e olham para o meu povo com orgulho e desprezo altivos? Eles estão orgulhosos de sua pátria, orgulhosos que o destino misericordioso lhes garantiu que nasceram aqui na Sérvia. Minha mãe também me deu nascimento aqui na Sérvia, e a Sérvia não é apenas minha terra natal, mas também meu pai, e meus ancestrais, assim como os deles, todos juntos, vieram para essas terras da antiga terra eslava. E, no entanto, nenhum de nós, bois, sentimos orgulho disso, apenas nos orgulhamos de nossa capacidade de puxar uma carga mais pesada para cima; até hoje, nunca um boi disse a um boi alemão: “O que você quer de mim, eu sou um boi sérvio, minha terra natal é o orgulhoso país da Sérvia, todos os meus ancestrais foram paridos aqui e aqui nesta terra, estão os túmulos dos meus antepassados.” Deus permita, nunca nos orgulhamos disso, nunca veio à nossa mente, e eles até se orgulham disso. Gente estranha!

Tomado por esses pensamentos, o boi tristemente balançou a cabeça, o sino no pescoço tocando e o jugo estalando. Preto abriu os olhos, olhou para o amigo e lamentou:

– Lá vai você de novo com essa sua bobagem! Coma, tolo, engorde um pouco, olhe todas as costelas para fora; se fosse bom pensar, os homens não teriam deixado para nós bois. De jeito nenhum teríamos sido tão afortunados!

Cinzento olhou com pena para o camarada, desviou a cabeça e mergulhou em seus pensamentos.

– Eles se orgulham de seu passado glorioso. Eles têm sua Batalha do Kosovo. Grande coisa, meus ancestrais não puxaram carroças com comida e armamentos? Se não fosse por nós, as pessoas teriam que fazer isso sozinhas. Depois, há a revolta contra os turcos. Uma jornada tão grandiosa e nobre, mas quem estava lá na época? Foram esses idiotas de nariz alto, se levantando orgulhosamente diante de mim como se fosse o mérito deles, quem levantou a revolta? Aqui, tome meu mestre como um exemplo. Ele também está tão orgulhoso e se vangloria do levante, especialmente com o fato de seu bisavô ter morrido na guerra de libertação como um verdadeiro herói. E esse é o mérito do meu mestre? Seu bisavô tinha o direito de se orgulhar, mas não ele; seu bisavô morreu para que meu mestre, seu descendente, pudesse ficar livre. Então ele é livre, e como ele usa sua liberdade? Ele rouba os piquetes de outras pessoas, senta-se no carrinho, e eu tenho que puxar ele e os piquetes enquanto ele dorme nas rédeas. Agora ele vendeu seus piquetes, ele está bebendo licor, sem fazer nada e se orgulhando de seu passado glorioso. E quantos dos meus antepassados foram massacrados no levante para alimentar os combatentes? E meus ancestrais na época não puxaram armamentos, canhões, comida, munição? E, no entanto, não nos orgulhamos de seus méritos porque não mudamos; ainda cumprimos nosso dever hoje, assim como nossos ancestrais fizeram, pacientemente e conscientemente.

– Eles têm orgulho do sofrimento de seus ancestrais e dos quinhentos anos de escravidão. Meus parentes sofreram ao longo de nossa existência, e hoje ainda sofremos e somos escravizados, e ainda assim não gritamos sobre isso no topo de nossas vozes. Dizem que os turcos os torturaram, massacraram e empalaram; bem, meus ancestrais foram massacrados por sérvios e turcos, assados e submetidos a todos os tipos de tortura.

– Eles têm orgulho de sua religião e, no entanto, não acreditam em nada. Qual é a minha falha e de meu povo que não podemos ser aceitos entre os cristãos? A religião deles diz “não furtarás” e lá está o meu mestre roubando e bebendo pelo dinheiro que recebeu por roubar. A religião deles os instrui a amar os vizinhos e, no entanto, eles apenas prejudicam um ao outro. Para eles, o melhor dos homens, um exemplo de virtude, é aquele que não faz mal e, é claro, ninguém considera pedir a alguém que faça algo de bom também, além de não fazer mal. É o quão baixo eles têm que seus exemplos de virtude não representam mais do que qualquer item inútil que não cause danos.

O boi suspirou tão profundamente que seu suspiro levantou a poeira da estrada.

– Então – o boi continuou com seus pensamentos tristes – nesse caso, eu e minha família não somos melhores nisso do que eles? Nunca matei ninguém, nunca falei mal de ninguém ninguém, não roubei nada, nunca despedi um homem inocente do serviço público, não fiz déficit no tesouro do estado, não declarei falência falsa, nunca acorrentei ou prendi pessoas inocentes, nunca caluniei meus amigos, nunca fui contra os meus princípios de boi, não fiz testemunhos falsos, nunca fui ministro de Estado e nunca fiz mal ao país, e não apenas eu não faça mal a ninguém, até faço bem àqueles que me prejudicam. Minha mãe me deu à luz e, imediatamente, homens maus até tiraram o leite da minha mãe. Deus pelo menos criou grama para nós, bois, e não para os homens, e ainda assim eles nos privam dela. Ainda assim, além de toda essa surra, puxamos as carroças dos homens, lavramos seus campos e alimentamos pão. E ainda assim ninguém admite nossos méritos que fazemos pela pátria…

– Ou tome o jejum como exemplo; bem, para os homens, a religião diz para jejuar em todos os dias de festa, e mesmo assim eles não estão dispostos a suportar esse pequeno jejum, enquanto eu e meu povo jejuamos por toda a vida, desde que somos retirados do seio da mãe.

O boi abaixou a cabeça como se estivesse preocupado, depois a ergueu novamente, bufou com raiva, e parecia que algo importante estava voltando para ele, atormentando-o; de repente, ele gemeu alegremente:

– Oh, eu sei agora, tem que ser isso – e ele continuou pensando – é isso que é; eles se orgulham de sua liberdade e direitos civis. Eu preciso colocar minha mente nisso a sério.

E ele estava pensando, pensando, mas não conseguiu perceber.

– Quais são esses direitos deles? Se a polícia ordena que eles votem, eles votam, e assim, podemos facilmente dizer: “A favoo-o-or!” E, se não receberem ordem, não ousam votar ou até se envolver em política, assim como nós. Eles também sofrem espancamentos na prisão, mesmo que completamente inocentes. Pelo menos zurramos e agitamos nossas caudas, e elas nem têm essa pouca coragem cívica.

E naquele momento, seu mestre saiu da taberna. Bêbado, cambaleante, olhos embaçados, murmurando algumas palavras incompreensíveis, ele caminhou sinuosamente em direção ao carrinho.

– Veja só, como esse descendente orgulhoso está usando a liberdade conquistada com o sangue de seus ancestrais? Certo, meu mestre é um bêbado e um ladrão, mas como os outros usam essa liberdade? Apenas ficam ociosos e se orgulham do passado e do mérito de seus ancestrais, nos quais eles têm tanta contribuição quanto eu. Somos bois, mas ainda podemos nos orgulhar de nosso árduo trabalho e mérito hoje.

O boi suspirou profundamente e preparou o pescoço para o jugo.

 

Em Belgrado, 1902
Para o projeto “Radoje Domanović” traduzido por Thais Coelho, revisado por Jelena Veljković, 2020