Razonamiento de un ordinario buey serbio
Tantas maravillas ocurren en este mundo y nuestro país está, como dicen muchos, rebosando de maravillas a tal extensión que las maravillas ya no son maravillas. Hay personas aquí en posiciones muy altas que no piensan en lo absoluto y como compensación, o quizás por otras razones, un ordinario buey campesino que no se diferencia ni un poco de otros bueyes serbios, empezó a pensar. Solo Dios sabe que hizo que este ingenioso animal se atreviera a tan atrevido intento, especialmente desde que se probó que en Serbia esta desafortunada labor solamente podía traer perjuicio. Entonces digamos que este pobre diablo, en toda su inocencia, ni siquiera sabía que todo este esfuerzo no era rentable en su patria, así que no le atribuiremos con ningún valor cívico en particular. Pero todavía sigue siendo un misterio porque un buey debería pensar ya que no es un votante, ni un concejero, ni un alcalde, ni ha sido elegido diputado en una asamblea bovina o incluso (si ha alcanzado cierta edad) un senador. Y si la pobre alma hubiera alguna vez soñado en convertirse en ministro del estado en cualquier país bovino, él hubiera sabido que, al contrario, él debería practicar como pensar lo menos posible, como aquellos excelentes ministros en algunos países más felices, aunque nuestro país tampoco es tan afortunado en este aspecto. Al final, ¿por qué nos debería importar por qué un buey serbio ha tomado tal tarea abandonada por las personas? También, quizás sucedió que él empezó a pensar simplemente por un instinto natural suyo.
Entonces, ¿qué tipo de buey es este? Un buey ordinario el cual tiene, como nos enseña la zoología, una cabeza, un cuerpo y extremidades como todos los otros bueyes; el jala una carreta, pasta en el pasto, lame sal, rumia y rebuzna. Su nombre es Sivonja, el buey gris.
He aquí como es qué empezó a pensar. Un día su amo lo enyugó a él y a su amigo, Galonja, cargó unos piquetes robados en la carreta y los llevó al pueblo para venderlos. Casi inmediatamente de haber entrado al pueblo, él vendió los piquetes y luego desenyugó a Sivonja y a su camarada, enganchó las cadenas que los ataban al yugo, tiró un manojo de plantas rodadoras en frente de ellos y entró en una pequeña taberna para refrescarse con unos cuantos tragos. Había un festival en curso en el pueblo, así que había hombres, mujeres y niños pasando por todas partes. Galonja, también conocido por otros bueyes por ser algo tonto, no estaba observando nada en particular; en cambio, se metió en su almuerzo con seriedad, comió hasta estar lleno, rebuznó un poco de puro gozo y luego se acostó, dormitó suavemente y rumiaba. Todas esas personas que pasaban no eran de su incumbencia. Él solo estaba dormitando y rumiando pacíficamente (es una lástima que no es un humano, con todas esas predisposiciones para tener un elevado cargo). Pero Sivonja no podía dar ni un solo mordisco. Sus ojos soñadores y su triste expresión en el rostro mostraban a primera vista que era un pensador y una alma dulce e impresionable. Las personas, serbios, pasan al lado de él, orgullosos de su glorioso pasado, su nombre, su nación y este orgullo se muestra en su severo comportamiento y paso. Sivonja observó todo esto y de repente su alma se consumió de tristeza y dolor debido a la tremenda injusticia y no pudo sino sucumbir a tan grande, repentina y poderosa emoción; él rebuznó triste y dolorosamente con lágrimas saliendo de sus ojos. En su inmenso dolor, Sivonja empezó a pensar:
– ¿De qué están mi amo y sus compatriotas tan orgullosos? ¿Por qué caminan con la cabeza tan en alto y miran a mi gente con un orgullo arrogante y desdén? Están orgullosos de su patria, orgullosos de que el destino misericordioso les concedió nacer aquí en Serbia. Mi madre también me dio a luz aquí en Serbia y Serbia no solo es mi tierra nativa pero también la de mi padre y todos mis ancestros han, justo como los de ellos, venido a estas tierras de la antigua patria eslava. Y aun así ninguno de nosotros los bueyes nos hemos sentido orgullosos de eso, solo sentimos orgullo de nuestra habilidad de jalar cargas pensadas cuesta arriba; hasta este día, nunca un buey le ha dicho a un buey alemán: Qué quieres de mí, soy un buey serbio, mi patria es el orgulloso país de Serbia, todos mis ancestros han sido paridos aquí y aquí, en esta tierra están las tumbas de mis antepasados.” Que dios nos salvé, nunca hemos sentido orgullo por eso, nunca ha pasado por nuestras cabezas y ellos incluso están orgullosos de eso. ¡Gente extraña!
Agobiado por estos pensamientos, el buey sacudió tristemente su cabeza, la campana de su cuello sonaba y su yugo crepitaba. Galonja abrió sus ojos, miró a su amigo y mugió:
– ¡Ahí vas de nuevo con esa payasada tuya! Come, tonto, gana un poco de grasa, mira tus costillas sobresaliendo; si fuera bueno pensar, las personas no nos lo hubieran dejado a nosotros los bueyes. ¡De ninguna manera habríamos sido tan afortunados!
Sivonja miró a su camarada con lástima, volteó su cabeza lejos de él y se volvió a sumergir en sus pensamientos.
– Ellos se enorgullecen de su glorioso pasado. Tienen su terreno de Kosovo, su batalla de Kosovo. Gran cosa, ¿mis ancestros no cargaron carretas con comida y armamentos incluso en aquelmomento? Si no fuera por nosotros, las personas lo habrían tenido que hacer ellos mismos. Luego está el levantamiento contra los turcos. Un gran y noble esfuerzo, pero ¿quién estaba en ese momento? ¿estaban estos zoquetes de nariz respingada luchando orgullosamente antes de que yo existiera como si tuvieran el mérito de ser los que empezaron el levantamiento? Ven, toma a mi dueño de ejemplo. Él es demasiado orgulloso y se jacta del levantamiento, especialmente por el hecho de que su tatarabuelo murió en la guerra de la liberación como un verdadero héroe. ¿Y es el mérito del dueño? Su tatarabuelo tenía el derecho de sentirse orgulloso, pero no él; su tatarabuelo murió para que mi dueño, su descendiente pudiera ser libre. Así que él es libre y ¿cómo usa su libertad? Roba los piquetes de otras personas, se sienta en la carreta y yo tengo que jalarlo tanto a él como a los piquetes mientras él está dormido en las riendas. Ahora que ha vendido sus piquetes, está bebiendo alcohol, sin hacer nada y sintiéndose orgulloso de su glorioso pasado. ¿Y cuántos de mis antepasados fueron masacrados en el levantamiento para alimentar a los guerreros? ¿Y en ese momento mis ancestros no jalaron los armamentos, cañones, comida y municiones? Y aun así nosotros no nos jactamos por sus méritos porque no hemos cambiado; todavía hacemos nuestros deberes, justo como hicieron nuestros ancestros, paciente y constantemente.
– Están orgullosos del sufrimiento de sus ancestros y de quinientos años de esclavitud. Mi clase la ha sufrido desde que existen y hoy en día todavía sufrimos y somos esclavizados y sin embargo no gritamos a más no poder sobre eso. Ellos dijeron que los turcos los torturaron, los masacraron y los empalaron; bueno mis ancestros fueron masacrados tanto por los serbios como por los turcos y asados y puestos bajo todo tipo de torturas.
– Están orgullosos de su religión y aun así no creen en nada. ¿Cuál es mi culpa y la de mi gente que no podemos ser aceptados entre cristianos? Su religión les dice “no robaras” y he ahí mi dueño robando y bebiendo con el dinero que obtuvo por robar. Su religión los instruye a amar a su vecino y aun así lo único que hacen es hacerse daño entre ellos. Para ellos, el mejor hombre, un ejemplo de virtud, es aquel que no causa daño alguno y por supuesto, nadie ni siquiera considera pedirle a alguien que también haga algo bueno, aparte de no causar daño. Así de bajos han llegado sus estándares de virtud que no van más allá que cualquier objeto inútil que no hace daño.
El buey suspiró profundamente y su suspiro elevó el polvo del camino.
– Entonces – el buey continuó con sus tristes pensamientos – en este caso, ¿no somos mi clase y yo mejores en todo eso que ellos? Nunca he matado a nadie, nunca he difamado a nadie, no he robado nada, no he despedido a un hombre inocente de servicio público, no he hecho un déficit en la tesorería del estado, no he fingido una falsa bancarrota, nunca he encadenado ni arrestado a personas inocentes, nunca he calumniado a mis amigos, nunca he ido contra mis principios de buey, no he hecho falsos testimonios, nunca he sido ministro de mi estado y nunca le he hecho ningún daño a mi país, y no solo no le he hecho ningún daño, incluso hago cosas buenas a esos que me hacen daño. Mi madre me dio a luz e inmediatamente, hombres malvados me quitaron la leche de mi madre. Al menos Dios ha creado el pasto para nosotros los bueyes y no para los hombres; aun así, ellos también nos lo quitaron. Todavía, además de todas las golpizas, jalamos las caretillas de los hombres, aramos sus campos y les damos de comer pan. Y aun así nadie admite nuestros méritos que hacemos por la patria…
– O toma el ayuno como un ejemplo; bueno, para los hombres, la religión les dice que hagan ayuno en todos los días festivos y aun así no están dispuestos a soportar este pequeño ayuno, mientras que mi gente y yo estamos haciendo ayuno toda nuestra vida, siempre desde que somos destetados del pecho de nuestra madre.
El buey bajó la cabeza como si estuviera preocupado, luego la levantó de nuevo, resopló enojado y parecía que algo importante volvió a su mente, atormentándolo; de repente, él mugió alegremente:
– Oh, ahora lo sé, tiene que ser eso – y continuó pensando – eso es lo que es; están orgullosos de su libertad y de sus derechos civiles. Tengo que pensar seriamente en eso.
Y él estaba pensando, pensando, pero no podía descifrarlo.
– ¿Cuáles son sus derechos? Si la policía les ordena votar, ellos votan y así podríamos fácilmente mugir: “¡A faa-aa-voo-or!” y si no los ordenan, no se atreven a votar o incluso incursionar en la política, igual que nosotros. Ellos también sufren golpizas en prisión, incluso si son completamente inocentes. Al menos nosotros rebuznamos y movemos nuestras colas y ellos ni siquiera tienen ese pequeño valor cívico.
En ese momento, su dueño salió de la taberna. Borracho, tambaleando, con los ojos borrosos, balbuceando palabras incomprensibles, serpenteando hacia la carretera.
– Solo mira, ¿cómo este es un orgulloso descendiente usando su libertad que ganaron con la sangre de sus ancestros? Cierto, mi amo es un borracho y un ladrón, pero ¿cómo los otros utilizan su libertad? Solo para holgazanear y enorgullecerse del pasado y tomar el mérito de sus ancestros, en la cual han contribuido como yo lo he hecho. Nosotros los bueyes, continuamos trabajando arduamente y siendo obreros útiles justo como nuestros ancestros lo fueron. Somos bueyes, pero todavía podemos estar orgullosos de nuestro arduo trabajo y méritos hoy en día.
El buey suspiró profundamente y preparó su cuello para el yugo.
En Belgrado, 1902.
Para el Proyecto “Radoje Domanović” traducido por Fabiola Rangel, 2019.
Condottiero (2/3)
Il giorno seguente si riunì chiunque avesse il coraggio di intraprendere un lungo viaggio. Più di duecento famiglie si ritrovarono nel posto convenuto. Soltanto qualcuna era rimasta a casa per badare alla vecchia dimora.
Era davvero triste vedere questa massa di persone miserevoli che un’amara iattura aveva costretto ad abbandonare la terra nella quale erano nati e dove erano posti i sepolcri dei loro antenati. I loro volti erano macilenti, consunti e bruciati dal sole. La fatica dei tanti, lunghi anni operosi mostrava i segni su di loro e presentava un’immagine di miseria e amara disperazione. Ma in questo preciso istante s’intravvedeva il primo barlume di speranza – di certo commisto alla nostalgia. Una lacrima solcava il volto rugoso di tanti anziani che sospiravano angosciati e scrollavano il capo con aria di triste presagio. Avrebbero preferito restare ancora per qualche tempo così da morire anch’essi tra queste rocce piuttosto che andare in cerca di una patria migliore. Molte donne gemevano gravemente e davano l’addio ai loro cari le cui tombe stavano abbandonando.
Gli uomini cercavano di mostrarsi coraggiosi e gridavano, – Be’, volete continuare a morire di fame in questa terra dannata e vivere in queste baracche? – In realtà, non avrebbero desiderato altro che portare con loro l’intera maledetta regione se ciò fosse stato possibile.
C’erano il solito trambusto e gli strepiti che accompagnano ogni moltitudine. Sia gli uomini che le donne erano inquieti. I bambini strillavano nei lettini dietro la schiena delle proprie madri. Persino il bestiame era un po’ a disagio. Non c’erano molti bovini, giusto un vitello qua e la e un magro, tremolante ronzino dalla grossa testa e le gambe grasse sul quale caricavano vecchi tappeti, borse e persino due sacchi nelle bisacce, di modo che la povera bestia ondeggiava sotto il peso. Eppure questa riusciva a rimanere su e di tanto in tanto nitriva. Altri stavano caricando somari; i bambini trascinavano dei cani al guinzaglio. Parole, grida, imprecazioni, lamenti, pianti, guaiti, nitriti – tutto abbondava. Persino un asino ragliò qualche volta. Ma il condottiero non profferì parola, come se l’intera faccenda non lo riguardasse. Un uomo veramente saggio!
Egli si limitava a sedere pensoso e in silenzio, il capo chino. Ogni tanto sputava; questo era quanto. Tuttavia, in virtù del suo strano comportamento, la sua popolarità crebbe al punto che, come si suol dire, tutti quanti avrebbero attraversato fuoco e acqua per lui. Potevano udirsi le seguenti conversazioni:
– Dovremmo essere contenti di aver trovato un simile individuo. Se fossimo andati avanti senza di lui, Dio ce ne scampi! Saremmo periti. È davvero intelligente, ve lo dico io! Egli è silente. Ancora non ha pronunziato una parola! – disse uno mentre guardava al condottiero con rispetto e orgoglio.
– Che cosa dovrebbe dire? Chiunque parli molto non pensa granché. È un uomo perspicace, questo è certo! Egli si limita a ponderare e non dice nulla, – soggiunse un altro, e anche lui rimirò incantato il condottiero.
– Non è facile guidare così tanta gente! Egli deve raccogliere i suoi pensieri perché ha un grave compito da portare a termine, – disse di nuovo il primo.
Giunse il tempo dei preparativi. Essi attesero un po’, comunque, per vedere se qualcun altro cambiasse idea e li seguisse, ma siccome non si presentò nessuno, non poterono indugiare oltre.
– Non dovremmo incamminarci? – chiesero al loro condottiero.
Egli si levò senza dire una parola.
Gli uomini più coraggiosi si raccolsero subito intorno a lui per poter essere d’aiuto in caso di pericolo o di una qualche emergenza.
Il condottiero, accigliato, il capo chino, mosse qualche passo, facendo ondeggiare il bastone davanti a lui con fare solenne. Il gruppo mosse al suo seguito e gridò diverse volte: “Lunga vita al nostro condottiero!” Egli fece qualche altro passo e incappò nella recinzione di fronte al municipio. Là, naturalmente, si fermò; così anche il seguito fece altrettanto. Il condottiero allora indietreggiò un po’ e batté alcune volte il bastone sulla recinzione.
– Cosa vuoi che facciamo? – domandarono loro.
Egli non disse nulla.
– Cosa dovremmo mai fare? Abbattere la recinzione! E questo che dobbiamo fare! Non vedete che ci sta indicando con il suo bastone cosa fare? – gridarono coloro che circondavano il condottiero.
– C’è il cancello! C’è il cancello! – gridarono i bambini indicando il cancello che era di fronte a loro.
– Silenzio, state buoni, piccoli!
– Che Dio ci assista, che accade? – disse qualche donna segnandosi.
– Non una parola! Egli sa cosa bisogna fare. Abbattete la recinzione!
In un istante fu come se la recinzione non fosse mai stata là.
Essi la oltrepassarono.
Avevano percorso sì e no cento passi quando il condottiero s’mbatté in un grosso cespuglio di spine e si fermò. Riuscì a tirarsene fuori con grande difficoltà e quindi prese a battere il suo bastone in ogni direzione.
– Che altro, adesso? – gridarono quelli nelle retrovie.
– Abbattete il cespuglio di spine! – esclamarono coloro che circondavano il condottiero.
– C’è la strada dietro il cespuglio di spine. Eccola! – gridarono i bambini e anche molte persone che stavano dietro.
– C’è la strada! C’è la strada! – schernirono quelli intorno al condottiero, rifacendo loro il verso con sdegno. – E come possiamo noi uomini cechi sapere dove egli ci stia conducendo? Non è da tutti dare ordini. Il condottiero conosce la strada migliore e la più diretta. Abbattete il cespuglio di spine!
Essi si precipitarono per liberare il passo.
– Ahi, – gemette qualcuno punto sulla mano da una spina e qualcun altro colpito in volto dal ramo di una mora.
– Fratelli, non potete ottenere qualcosa in cambio di nulla. Dovete impegnarvi un po’ per riuscire, – rispose il più coraggioso del gruppo.
Dopo molto penare si fecero largo attraverso il cespuglio e proseguirono.
Dopo aver vagato per un altro po’, s’imbatterono in un mucchio di tronchi. Anche questi furono gettati da un lato. Quindi proseguirono.
Il primo giorno venne fatta molta poca strada poiché essi dovettero superare molteplici, simili ostacoli. Per giunta ciò avveniva con scarse vettovaglie perché alcuni avevano portato con sé solo pane secco e un po’ di formaggio mentre altri non avevano che del pane secco per placare la loro fame. Alcuni non avevano proprio nulla. Per fortuna era estate così che poterono trovare qualche albero da frutto qua è là.
Così, malgrado il primo giorno non avessero lasciato dietro di sé che un breve tratto, essi erano molto stanchi. Non si presentarono grossi pericoli e non ci furono nemmeno incidenti. Naturalmente in un’impresa così complessa i seguenti eventi devono essere considerate delle inezie: una spina conficcata nell’occhio sinistro di una donna, che questa aveva coperto con un panno bagnato; un bambino zoppicante che inveiva a un tronco; un vecchio che aveva inciampato in un cespuglio slogandosi una caviglia – dopo che vi era stata applicata della cipolla tritata, l’uomo aveva sopportato coraggiosamente il dolore e, piegato sul suo bastone, aveva seguitato ad arrancare arditamente dietro il condottiero. (A dire il vero, alcuni dissero che il vecchio mentiva a proposito della sua caviglia, che egli fingesse soltanto perché era ansioso di tornare indietro). Presto furono pochi a non avere una spina nel braccio o un volto senza graffi. Gli uomini resistettero a tutto questo con eroismo, mentre le donne maledirono l’ora stessa che erano partiti e i bambini piangevano, naturalmente, poiché essi non comprendevano che tutta questa fatica e sofferenza sarebbe stata magnificamente ricompensata.
Con somma felicità e gaudio di tutti, nulla accadde al condottiero. Francamente, se dobbiamo dirla tutta, egli era certo molto protetto, ma a parte ciò, l’uomo era semplicemente fortunato. Al primo accampamento per la notte tutti pregarono e ringraziarono Dio per l’esito favorevole del cammino quotidiano e che nulla, nemmeno la più piccola sventura avesse colpito il condottiero. Allora uno degli uomini più coraggiosi prese la parola. Il suo volto era stato graffiato da un cespuglio di more, ma lui non badava a questo.
– Fratelli, – egli esordì. – Un giorno di fruttuoso cammino è alle nostre spalle, ringraziando Dio. Il percorso non è facile, ma è necessario perseverare perché tutti sappiamo che questa ardua via ci condurrà alla felicità. Possa Dio onnipotente proteggere il nostro condottiero da ogni male di modo che egli possa seguitare a condurci con successo.
– Domani perderò l’altro occhio se le cose andranno come oggi! – una delle donne urlò con collera.
– Ahi, la mia gamba! – gemette il vecchio, incoraggiato dal commento della donna.
I bambini continuavano a frignare e piangere, e le madri facevano fatica a zittirli affinché si potesse udire il portavoce.
– Sì, tu perderai l’altro occhio, – sbottò egli adirato, – e che tu possa perderli ambedue! Non è una grande avversità per una donna perdere gli occhi per una causa così importante. Vergogna! Non pensi neanche al benessere dei tuoi bambini? Che metà di noi periscano in questa impresa! Che differenza fa? Che cos’è un occhio? A cosa ti servono gli occhi quando c’è qualcuno che guarda per noi e che ci sta conducendo verso la felicità? Dovremmo abbandonare la nostra impresa soltanto a causa del tuo occhio e della gamba del vecchio?
– Sta mentendo! Il vecchio mentisce! Egli fa solo finta così da poter tornare indietro, – delle voci echeggiarono da ogni parte.
– Fratelli, chiunque non voglia proseguire oltre, – disse ancora il portavoce, – che torni indietro invece di lamentarsi e sobillare il resto di noialtri. Per quanto mi riguarda, io seguirò questo saggio condottiero fintanto che mi rimarrà qualcosa!
– Lo seguiremo tutti! Lo seguiremo finché vivremo!
Il condottiero era silente.
Tutti cominciarono a guardarlo e sussurrarono:
– È assorto nei suoi pensieri!
– Un uomo saggio!
– Guardate la sua fronte!
– Ed è sempre accigliato!
– Austero!
– È un ardimentoso! Ogni cosa in lui lo rivela.
– Puoi dirlo forte! Recinzioni, tronchi, rovi si fa strada attraverso ogni cosa. Egli batte cupamente il suo bastone, senza dir nulla, e bisogna indovinare cosa gli passa per la mente.
Condottiero (1/3)
– Fratelli e amici, ho udito i vostri discorsi, vi prego quindi adesso di darmi ascolto. Tutto il nostro discorrere e deliberare non giova a nulla fintanto che rimaniamo in questa regione arida. In questo suolo brullo e tra queste rocce non è mai riuscito a crescere nulla, nemmeno negli anni ricchi di pioggia, figurarsi con una siccità come quella attuale, che nessuno di noi ha mai visto prima. Per quanto ancora seguiteremo a riunirci così e blaterare in vano? Il bestiame muore per mancanza di nutrimento, e presto anche noi e i nostri figli saremo ridotti alla fame. Dobbiamo trovare un’altra soluzione che sia migliore e più sensata. Io penso che sarebbe meglio abbandonare questa terra arida e andare per il mondo in cerca di un terreno migliore e più fertile, poiché non possiamo davvero vivere più a lungo in questo modo.
Così un’abitante di qualche sterile provincia si espresse una volta con voce stanca in una certa riunione. Il dove e il quando non è di nostro interesse, suppongo. L’importante è che mi crediate quando dico che ciò è avvenuto da qualche parte in un certo paese molto tempo fa, e tanto basta. Per dirla tutta, una volta ho pensato di aver inventato di sana pianta l’intera storia, ma poco a poco mi è riuscito di liberarmi da questa spiacevole illusione. Adesso credo fermamente che sto per narrare ciò che è davvero accaduto e che deve essere successo da qualche parte e in qualche tempo e che io non avrei mai potuto inventarlo da me.
Gli uditori, dai pallidi volti macilenti e dagli sguardi vuoti, cupi, quasi imperscrutabili, le mani sotto la cinghia, sembrarono ravvivarsi a queste sagge parole. Ognuno immaginava già di essere in qualche sorta di magica, paradisiaca terra dove la ricompensa per lo spezzarsi la schiena nel lavoro sarebbe stata un ricco raccolto.
– Ha ragione! Ha ragione! – mormorarono le voci stremate da ogni lato.
– Questo luogo è vi…ci…no? – un lungo sospiro si udì provenire da un angolo.
– Fratelli! – principiò un altro con voce un po’ più forte. – Dobbiamo seguire subito questo consiglio perché non possiamo più andare avanti così. Abbiamo faticato e ci siamo sacrificati, ma tutto è stato vano. Abbiamo piantato sementi che avrebbero potuto darci nutrimento, ma giunsero le alluvioni a spazzare via semi e terra dai pendii lasciando allora solo la nuda roccia. Dovremmo restare qui per sempre e lavorare da mane a sera solo per rimanere affamati e assetati, nudi e a piedi scalzi? Dobbiamo andarcene e cercare terreni migliori e più fertili dove il duro lavoro produrrà raccolti abbondanti.
– Andiamo! Andiamo via subito poiché non si può più vivere in questo posto!
Si levarono mormorii, e ognuno cominciò ad allontanarsi, senza pensare dove stesse andando.
– Aspettate, fratelli! Dove andate? – il primo oratore interloquì nuovamente. È certo che dobbiamo metterci in cammino, ma non in questo modo. Dobbiamo sapere dove siamo diretti. Viceversa, potremmo finire in una situazione peggiore anziché trovare la salvezza. Suggerisco di nominare un capo al quale ubbidire e che ci indichi la via migliore e la più diretta.
– Scegliamo! Scegliamo subito qualcuno, – si udì tutt’intorno.
Fu allora che divampò la contesa, un autentico guazzabuglio. Chiunque parlava e nessuno prestava ascolto o era capace di farlo. Presero a dividersi in fazioni, ogni individuo che mormorava tra sé, e poi anche queste si sciolsero. A due a due si prendevano per il braccio, arguivano, cercavano di dimostrare qualcosa, si tiravano per la manica e intimavano a gesti il silenzio. Poi tutti si riunirono di nuovo, seguitando a discorrere.
– Fratelli! – si levò d’un tratto una voce più forte che soffocò tutte le altre sorde e roche. – Così non otterremo alcuna intesa. Tutti parlano e nessuno ascolta. Designiamo un condottiero! Chi potremmo scegliere tra di noi? Chi ha viaggiato abbastanza da conoscere le vie? Noialtri ci conosciamo bene, eppure io per primo non metterei me stesso e i miei figli sotto la guida di nessuno dei presenti. Piuttosto, ditemi chi conosce quel viandante laggiù che sieda all’ombra sul ciglio della strada da stamane?
Calò il silenzio. Tutti si voltarono verso lo straniero e lo squadrarono da capo a piedi.
Il viandante, di mezz’età, dal volto greve che s’intravedeva appena tra la barba e i capelli lunghi, sedeva restando in silenzio come prima, assorto nei suoi pensieri, e di tanto in tanto batteva a terra il suo grosso bastone.
– Ieri ho veduto quello stesso individuo con un ragazzo. Si tenevano per mano e scendevano lungo la strada. E la scorsa notte il ragazzo ha lasciato il villaggio ma lo straniero è rimasto qui.
– Fratello, dimentichiamo queste ridicole inezie in modo da non perdere del tempo. Chiunque egli sia, viene certo da lontano siccome nessuno di noi lo conosce e sicuramente sa qual è la via più breve e migliore per condurci. Secondo la mia opinione egli è un uomo molto saggio, poiché siede là in silenzio e medita. Chiunque altro avrebbe già messo naso nei nostri affari una decina di volte o più, oppure avrebbe intavolato una conversazione con uno di noialtri, invece egli è rimasto seduto là per tutto il tempo in solitudine e senza dir nulla.
– È naturale, il buonuomo siede tranquillo perché medita qualcosa. Non può che essere molto intelligente, – convenirono gli altri e presero a scrutare di nuovo lo straniero.
Non perdettero molto altro tempo a discutere prima di concordare che sarebbe stato meglio interrogare questo viandante – il quale, sembrava loro, era stato inviato da Dio per condurli in giro per il mondo in cerca di una terra migliore e un più fertile suolo. Egli avrebbe dovuto essere il loro condottiero, e loro gli avrebbero ubbidito senza discutere.
Scelsero dieci uomini tra di loro che sarebbero dovuti andare dallo straniero per spiegargli la loro decisione. Questa delegazione avrebbe dovuto illustrargli la loro infelice condizione e chiedergli di essere il loro duce.
Così i dieci gli si avvicinarono e s’inchinarono con umiltà. Uno di loro cominciò a parlare del suolo infecondo della zona, degli anni di siccità e della miseria nella quale tutti si ritrovavano. Costui concluse nella seguente maniera:
– Tali condizioni ci costringono a lasciare le nostre case e la nostra terra e ad andare per il mondo in cerca di una patria migliore. In questo preciso istante, quando finalmente abbiamo raggiunto un accordo, sembra che Dio abbia avuto misericordia di noi, che ci abbia mandato voi, uno straniero saggio e degno, e che voi ci guiderete liberandoci dalla nostra miseria. Nel nome di tutti i presenti, vi chiediamo di essere il nostro condottiero. Ovunque andrete, noi vi seguiremo. Voi conoscete le vie e siete di certo nato in una più felice e migliore patria. Vi ascolteremo e ubbidiremo ogni vostro ordine. Accetterete, saggio straniero, di salvare così tante vite? Sarete il nostro condottiero?
Per l’intera durata di questa supplica il saggio straniero non sollevò mai il capo. Egli restò nella medesima posizione nella quale l’avevano trovato. Il capo chino, egli aggrottava la fronte e non disse nulla. Solo pestava il suolo di tanto in tanto con il suo bastone, e pensava. Quando la petizione fu terminata, egli borbottò seccamente e adagio senza mutare la sua posizione:
– Lo farò!
– Possiamo dunque venire con voi in cerca di un posto migliore?
– Potete! – soggiunse senza levare il capo.
Entusiasmo ed espressioni di lode si levavano adesso, ma lo straniero non profferì parola al riguardo.
I dieci informarono l’assemblea del loro successo.
– Non si è nemmeno mosso dalla sua posizione o sollevato il capo per vedere se non altro chi gli parlava. Si è limitato a rimanere seduto in silenzio a meditare. In risposta a tutti i nostri discorsi e apprezzamenti ha pronunziato solo tre parole.
– Un vero saggio! Un’intelligenza rara! – gridarono con giubilo da ogni parte affermando che Dio stesso lo aveva inviato come un angelo dal cielo per salvarli. Erano tutti persuasi del successo sotto la guida di un simile condottiero che nulla al mondo poteva inquietare. E così fu deciso di partire l’indomani all’alba.
Ragionamento di un comune bue serbo
Molte cose sorprendenti accadono a questo mondo, e il nostro paese, come molti sanno, eccede di meraviglie al punto che le meraviglie non sono più tali. Ci sono degli individui qui da noi che occupano delle posizioni veramente di alto prestigio che non pensano affatto, ed ecco allora che come una forma di compensazione, o magari per qualche altra ragione, un comune bue di campagna, che non differisce di una virgola dagli altri buoi Serbi, cominciò a pensare. Dio sa cosa accadde per far sì che questo ingegnoso animale osasse imbarcarsi in un’impresa così impudente, specialmente considerando che in Serbia questa infelice occupazione può solo arrecarvi danno. Diciamo allora che questo povero diavolo, nella sua ingenuità, non sapeva che un tale ufficio non rende nella sua patria, così non gli riconosceremo alcun coraggio civico. Pure rimane un mistero il perché un bue debba pensare dal momento che non è un elettore, né un normale consigliere o un sindaco, né è stato eletto deputato in alcuna assemblea bovina, o tanto meno senatore (se questo ha raggiunto una certa età). E casomai l’anima bella avesse sognato di diventare ministro di stato in qualsivoglia paese bovino, essa avrebbe dovuto sapere che all’opposto, sarebbe stato necessario far pratica del come pensare il meno possibile, come quei ministri eccellenti in alcuni paesi più felici, per quanto il nostro paese non sia così fortunato nemmeno da questo punto di vista. In fin dei conti, perché dovremmo preoccuparci del motivo per il quale un bue Serbo ha intrapreso un’attività abbandonata dalla gente? Inoltre, potrebbe darsi che esso abbia iniziato a pensare semplicemente in virtù di un qualche suo istinto naturale.
Quindi, di che genere di bue si tratta? Un comune bue che, come la zoologia ci insegna, ha una testa, un corpo e degli arti, come tutti gli altri buoi; esso tira un carretto, pascola sull’erba, lecca il sale, rumina e muggisce. Il suo nome è Cenerino.
Ecco come iniziò a pensare. Un giorno il suo padrone mise sotto giogo lui e il suo compagno, Nerino, caricò alcuni picchetti rubati sul carretto e li portò in città per venderli. Quasi immediatamente non appena fu entrato in città egli vendette i picchetti e quindi tolse il giogo a Cenerino e al suo compagno, agganciò la catena che li assicurava al giogo, gli gettò davanti un fascio di Rudbeckia, e se ne andò allegro in una piccola taverna per rinfrescarsi con qualche bicchiere. Si svolgeva una fiera in paese, così s’incrociavano uomini, donne e bambini per ogni dove. Nerino, che era noto tra gli altri buoi per essere alquanto tonto, non guardò nulla, ma si dedicò in tutta serietà al suo pranzo, fece una scorpacciata, mugghiò un po’ per il puro piacere di farlo, e quindi si distese, sonnecchiando placidamente e ruminando. Tutte quelle persone che passavano non erano affar suo. Lui semplicemente sonnecchiava e ruminava (è un peccato che non fosse un umano, con simili predisposizioni atte a una nobile carriera). Cenerino invece non poteva prendere un solo boccone. I suoi occhi sognanti e l’espressione triste sul muso mostravano di primo acchito che questi era un pensatore, e una delicata, impressionabile anima. La gente, Serbi, gli passava accanto, fieri del loro glorioso passato, del loro nome, della loro nazione, e questo orgoglio si rivelava nel loro contegno e passo severo. Cenerino osservò tutto questo, e d’un tratto il suo animo fu avvinto dalla pena e dal dolore per la tremenda ingiustizia, ed esso non poté che soccombere a una simile forte, improvvisa e intensa emozione: questi mugghiò tristemente, dolorosamente, le lacrime negli occhi. E nel suo immenso dolore, Cenerino cominciò a pensare:
– Di cosa il mio padrone e i suoi compatrioti, i Serbi, vanno così fieri? Perché tengono le loro teste così alte e guardano alla mia gente con orgoglio altezzoso e disprezzo? Essi sono fieri della loro madrepatria, orgogliosi che un fato benigno gli ha permesso di nascere qui in Serbia. Anche mia madre mi ha dato alla luce qui in Serbia, e la Serbia non è soltanto la mia madrepatria ma anche quella di mio padre, e i miei antenati, proprio come i loro, sono giunti in queste terre dalla vecchia patria Slava. Eppure nessuno di noi buoi si è sentito fiero di questo, siamo solo orgogliosi della nostra capacità di tirare un carico più pesante in salita; fino ad oggi un bue non ha mai detto a un bue Tedesco: “Che volete da me, io sono un bue Serbo, la mia patria è la fiera nazione Serba, tutti i miei avi sono stati generati in questo luogo, e qui, in codesta terra, sono le tombe dei miei antenati”. Dio ce ne scampi, non ci siamo mai inorgogliti di questo, giammai c’è saltato in mente, mentre essi ne vanno persino fieri. Strana gente!
Preso da simili pensieri, il bue scrollò mestamente il capo, la campana sul collo che suonava e il gioco che scricchiolava. Nerino aprì gli occhi, guardò il suo amico e muggì:
– Di nuovo con queste tue buffonate! Mangia, sciocco, ingrassa un po’, guarda le tue costole che sporgono; se pensare fosse stato un bene, la gente non l’avrebbe lasciato a noi buoi. Non saremmo certo stati così fortunati!
Cenerino guardò il suo compagno con pietà, ritrasse la testa da lui, e tornò a immergersi nei suoi pensieri.
– Essi vanno fieri del loro passato glorioso. Essi hanno il loro Campo del Kosovo. Capirete, i miei avi non tiravano carretti con cibo e armamenti già allora? Non fosse stato per noi, la gente avrebbe dovuta farlo da sé. Poi vi fu la sommossa contro i Turchi. Una grande, nobile impresa, ma chi si trovava colà a quel tempo? Sono stati questi altezzosi sempliciotti, impettiti con fierezza davanti a me come se fosse merito loro, a sollevare la rivolta? Prendete il mio padrone come esempio. Anch’egli è così orgoglioso e mena vanto della rivolta, specialmente considerando il fatto che il suo bisnonno perì nella guerra di liberazione come un autentico eroe. Ed è questo merito del mio padrone? Il suo bisnonno ha il diritto di essere fiero, ma non lui; il suo bisnonno è morto affinché il mio padrone, suo discendente, potesse essere libero. Così egli è libero, e come usa la propria libertà? Egli ruba i picchetti degli altri, siede sul carretto e io devo condurre sia lui che i picchetti mentre egli è addormentato alle redini. Ora ha venduto i suoi picchetti, sta bevendo liquore, non fa nulla e s’inorgoglisce del suo glorioso passato. E quanti dei miei antenati sono stati massacrati nella sommossa per nutrire i combattenti? E i miei antenati all’epoca non trascinavano armamenti, cannoni, cibo, munizioni? Eppure noi non ci vantiamo dei loro meriti perché non siamo cambiati; noi compiamo ancora il nostro dovere oggidì, così come i nostri antenati, pazientemente e coscienziosamente.
Essi sono fieri delle sofferenze dei loro antenati e di cinquecento anni di schiavitù. I miei simili hanno sofferto per l’intera loro esistenza, e oggidì ancora soffriamo e siamo ridotti in schiavitù, eppure non lo urliamo a squarciagola. Essi dicono che i Turchi li hanno torturati, assassinati e impalati; be’, i miei antenati venivano assassinati allo stesso modo dai Turchi come dai Serbi, e arrostiti, e sottoposti a ogni genere di torture.
Essi sono fieri della loro religione, eppure non credono in nulla. Che colpa abbiamo io e i miei simili se non possiamo essere accettati tra i Cristiani? La loro religione dice loro di “non rubare” ed ecco che il mio padrone ruba e beve col danaro ottenuto dal rubare. La loro religione li esorta ad amare i loro vicini, eppure essi non si fanno altro che del male l’un l’altro. Per loro, l’uomo migliore, un esempio di virtù, è colui che non fa alcun male, e naturalmente nessuno pensa di chiedere a qualcuno di fare anche qualcosa di buono, a parte il non fare del male. Questo dice quanto siano caduti in basso, che i loro esempi di virtù non sono meglio di qualsiasi oggetto inutile che non sia dannoso.
Il bue sospirò profondamente, e il suo respiro sollevò la polvere dalla strada.
– Così, – il bue proseguì i suoi tristi pensieri – da questo punto di vista, non siamo io e i miei simili migliori in ciò di tutti loro? Io non ho mai assassinato nessuno, non ho mai diffamato alcuno, non ho rubato nulla, non ho licenziato un uomo innocente dal pubblico servizio, non ho causato un ammanco nel tesoro nazionale, non ho dichiarato una bancarotta fraudolenta, non ho mai posto in catene o arrestato delle persone innocenti, non ho mai calunniato i miei amici, non sono mai andato contro i miei principi bovini, non ho reso falsa testimonianza, non sono mai stato un ministro di stato e non ho mai causato alcun male al paese, e non solo non ho mai fatto alcun male, ma faccio anche del bene a coloro che mi fanno del male. Mi madre mi ha dato alla luce, e subito degli uomini malvagi mi hanno sottratto il latte di mia madre. Se non altro Dio ha creato l’erba per noi buoi, e non per gli uomini, eppure essi ci privano anche di questa. Pure, nonostante tutti quei colpi, noi tiriamo i carretti degli uomini, ariamo i loro campi e gli diamo il pane. Malgrado ciò nessuno ammette i meriti di ciò che facciamo per la patria…
– Oppure considerate il digiuno come esempio; be’, agli uomini, la religione dice di digiunare in tutti i giorni festivi, eppure essi non sono disposti a sopportare nemmeno questo piccolo digiuno, mentre io e la mia gente digiuniamo tutta la vita, sin da quando siamo stati svezzati per la prima volta dal seno di nostra madre.
Il bue chinò il capo come se fosse preoccupato, quindi lo risollevò di nuovo, sbuffò con rabbia, e parve che qualcosa di importante gli stesse tornando in mente, tormentandolo; d’un tratto, mugghiò gioiosamente:
– Oh, adesso lo so, deve trattarsi di questo – e seguitò a ragionare, – è questo: essi sono fieri della loro libertà e dei diritti civili. Devo ponderare seriamente la questione.
Ed esso pensava, pensava, ma non riusciva a comprendere.
– Quali sono questi loro diritti? Se la polizia gli ordina di votare, essi votano, e parimenti, noi potremmo altrettanto facilmente mugghiare: “Pee-e-e-er!” E se non gli viene ingiunto, essi non osano votare, o anche solo immischiarsi in politica, proprio come noi. Essi inoltre vengono battuti in prigione, anche se sono del tutto innocenti. Se non altro noi mugghiamo e agitiamo la coda, ed essi non hanno nemmeno questo piccolo coraggio civico.
In quel mentre, il suo padrone uscì dalla taverna. Ubriaco, barcollante, gli occhi annebbiati, mormorando qualche parola incomprensibile, egli si diresse errando verso il carretto.
– Guardate, come sta usando questo fiero discendente la libertà conquistata con il sangue dei suoi antenati? Certo, il mio padrone è un ubriacone e un ladro, ma come usano gli altri questa libertà? Semplicemente per oziare e inorgoglirsi del passato e del merito dei loro antenati al quale hanno contribuito tanto quanto me. E noialtri buoi, noi siamo rimasti lavoratori laboriosi e utili tanto quanto lo furono i nostri antenati. Siamo buoi, ma possiamo ancora essere fieri del nostro duro lavoro e dei nostri meriti oggidì.
Il bue sospirò profondamente e preparò il collo per il giogo.
A Belgrado, 1902
Per il progetto “Radoje Domanovic” tradotto da Walter Taurisano, 2020
Líder (2/3)
No dia seguinte, todos que tiveram a coragem de fazer uma longa jornada reuniram-se. Mais de duzentas famílias foram ao local designado. Apenas alguns ficaram em casa para cuidar do antigo local.
Era realmente triste ver essa massa de pessoas infelizes, sobre os quais o amargo infortúnio forçara a abandonar a terra em que nasceram e onde estavam as sepulturas de seus ancestrais. Seus rostos estavam abatidos, desgastados e queimados pelo sol. O sofrimento de muitos anos trabalhosos mostrou seu efeito sobre eles e transmitiu uma imagem de miséria e desespero amargo. Mas, neste exato instante, foi visto o primeiro vislumbre de esperança – misturado com saudades de casa, com certeza. Lágrimas escorriam pelos rostos enrugados de muitos homens velhos que suspiraram desesperadamente e sacudiram a cabeça com um ar de mau presságio. Eles preferiam permanecer por algum tempo para que também pudessem morrer entre essas rochas a procurar uma pátria melhor. Muitas mulheres lamentavam em voz alta e se despediam de seus entes queridos mortos e de suas sepulturas que ficavam para trás.
Os homens estavam tentando criar uma frente corajosa, gritando:
– Bem, vocês querem continuar morrendo de fome nesta terra maldita e morando nesses barracos? – Na verdade, eles gostariam, o melhor seria levar consigo toda a região amaldiçoada, se fosse possível.
Havia o habitual barulho e gritos, como em toda massa de pessoas. Homens e mulheres estavam inquietos. As crianças gritavam nos berços às costas das mães. Até o gado estava um pouco desconfortável. Não havia muito gado, um bezerro de vez em quando, um bando magro e desgrenhado com uma cabeça grande e pernas gordas nas quais estavam carregando tapetes velhos, bolsas e até dois sacos sobre a sela da mochila, de modo que o pobre animal balançava sob o peso. No entanto, conseguia ficar acordado e relinchar de tempos em tempos. Outros estavam carregando burros; as crianças puxavam cães com trelas. Conversar, gritar, xingar, lamentar, chorar, latir, relinchar – tudo era abundante. Até um burro zurrou algumas vezes. Mas o líder não pronunciou uma palavra, como se o assunto todo não fosse da sua conta. Um homem realmente sábio!
Ele apenas se sentou pensativo e silenciosamente, com a cabeça baixa. De vez em quando ele cuspia; isso foi tudo. Mas, devido ao seu comportamento estranho, sua popularidade cresceu tanto que o mundo poderia acabar, como se costuma dizer. As seguintes conversas foram ouvidas:
– Deveríamos estar felizes por ter encontrado um homem assim. Se tivéssemos ido sem ele, Deus não permita! Teríamos perecido. Ele tem inteligência real, eu lhe digo! Ele está em silêncio. Ele ainda não disse uma palavra! – disse um enquanto olhava para o líder com respeito e orgulho.
– O que ele deveria dizer? Quem fala muito não pensa muito. Um homem inteligente, com certeza! Ele apenas pondera e não diz nada – acrescentou outro, e ele também olhou para o líder com reverência.
– Não é fácil liderar tantas pessoas! Ele tem que se concentrar, porque tem um grande trabalho em mãos – disse o primeiro novamente.
Chegou a hora de partir. Eles esperaram um pouco, no entanto, para ver se mais alguém mudaria de idéia e viria com eles, mas como ninguém veio, eles não puderam mais ficar.
– Não devemos ir? – eles perguntaram ao líder.
Ele se levantou sem dizer uma palavra.
Os homens mais corajosos imediatamente se agruparam ao seu redor para estar à mão em caso de perigo ou emergência.
O líder, franzindo a testa, de cabeça baixa, deu alguns passos, balançando a bengala na frente de si de uma maneira digna. A reunião seguiu atrás dele e gritou várias vezes: „Viva o nosso líder!“ Ele deu mais alguns passos e esbarrou na cerca em frente ao salão da vila. Lá, naturalmente, ele parou; então o grupo parou também. O líder então deu um passo para trás e bateu a bengala na cerca várias vezes.
– O que você quer que façamos? – eles perguntaram.
Ele não disse nada.
— O que devemos fazer? Derrube a cerca! É isso que devemos fazer! Você não vê que ele nos mostrou com sua bengala o que fazer? – gritaram aqueles que estavam ao redor do líder.
– Lá está o portão! – gritaram as crianças e apontaram para o portão que ficava a frente delas.
– Calma, crianças!
– Deus nos ajude, o que está acontecendo? – algumas mulheres disseram.
Nada. Certamente, ele sabe o que fazer. Derrube a cerca!
Em um instante, a cerca caiu como se nunca tivesse estado lá.
Eles passaram a cerca.
Mal haviam subido cem degraus quando o líder correu para um grande arbusto de espinhos e parou. Com grande dificuldade, ele conseguiu sair e ele começou a bater na bengala em todas as direções. Ninguém se mexeu.
– E qual é o problema agora? – gritaram os de trás.
– Corte o arbusto de espinhos! – gritaram os que estavam ao redor do líder.
– Ali está a estrada, ao redor dos arbustos espinhosos! Lá está! – gritaram as crianças e várias pessoas.
– Aqui está a estrada! Aqui está a estrada! – zombavam aqueles ao redor do líder, imitando com raiva. – E como iremos saber para onde ele está nos levando? Não podemos receber ordem de todos. O líder conhece a melhor rota e mais direta. Corte o arbusto de espinhos!
Eles mergulharam para limpar o caminho.
– Ai! – exclamou alguém que prendeu a mão em um espinho e alguém cujo rosto foi atingido por um galho de amora.
– Irmãos, nada vem sem esforço. Você tem que se esforçar um pouco para ter sucesso – responderam os mais corajosos do grupo.
Eles romperam o mato depois de muito esforço e seguiram em frente.
Depois de vagar um pouco mais adiante, encontraram um monte de toras. Estas também foram jogadas para o lado. Então eles continuaram.
Muito pouco terreno foi coberto no primeiro dia, porque eles tiveram que superar vários obstáculos semelhantes. E tudo isso com pouca comida, porque alguns trouxeram apenas pão seco e um pouco de queijo, enquanto outros tinham apenas um pouco de pão para satisfazer sua fome. Alguns não tinham nada. Felizmente, era verão e eles encontraram árvores frutíferas pelo caminho.
Assim, embora no primeiro dia eles tivessem andado apenas um pequeno trecho, eles se sentiram muito cansados. Nenhum grande perigo apareceu e também não houve acidentes. Naturalmente, numa empreitada tão grande, os seguintes eventos devem ser considerados insignificantes: um espinho espetou o olho esquerdo de uma mulher, ela cobriu com um pano úmido; uma criança berrou e bateu em um tronco; um velho tropeçou em um arbusto de amora e torceu o tornozelo, o homem suportou bravamente a dor e, apoiando-se na bengala, saiu mancando valentemente atrás do líder. (Certamente, vários disseram que o velho estava mentindo sobre o tornozelo, que estava apenas fingindo porque estava ansioso para voltar.) Logo, havia apenas alguns que não tinham espinhos no braço ou rosto arranhado. Os homens suportaram tudo heroicamente, enquanto as mulheres amaldiçoaram a hora em que partiram e as crianças choravam, naturalmente, porque não entendiam que todo esse trabalho e dor seriam ricamente recompensados.
Para a felicidade e alegria de todos, nada aconteceu ao líder. Francamente, se queremos dizer a verdade, ele estava muito protegido, mas ainda assim, o homem tinha simplesmente sorte. No acampamento da primeira noite, todos oraram e agradeceram a Deus que a jornada do dia foi bem-sucedida e que nada, nem mesmo a menor desgraça, havia acontecido ao líder. Então um dos homens mais corajosos começou a falar. Seu rosto havia sido arranhado por um arbusto de amora, mas ele simplesmente não prestou atenção.
– Irmãos – ele começou. – A jornada de um dia foi bem sucedida, graças a Deus. O caminho não é fácil, mas precisamos continuar, porque todos sabemos que esse caminho difícil nos levará à felicidade. Que Deus Todo-Poderoso proteja nosso líder de qualquer dano, para que ele possa continuar a nos liderar com sucesso.
– Amanhã vou perder meu outro olho se as coisas correrem como hoje! – uma das mulheres gritou com raiva.
– Ai, minha perna! – o velho chorou, encorajado pela observação da mulher.
As crianças continuaram choramingando e chorando, e as mães tiveram dificuldade em silenciá-las para que o porta-voz pudesse ser ouvido.
– Sim, você vai perder o outro olho – ele explodiu de raiva – e você pode perder os dois! Não é uma grande desgraça para uma mulher perder os olhos por uma causa tão grande. Que vergonha! Você não pensa no bem-estar de seus filhos? Metade de nós irá perecer nesta empreitada! Que diferença isso faz? O que é um olho? De que serve seus olhos quando há alguém que está nos procurando e nos levando à felicidade? Devemos abandonar nosso compromisso apenas por causa dos seus olhos e da perna do velho?
– Ele está mentindo! O velho está mentindo! Ele está apenas fingindo para voltar – vozes retumbantes de todos os lados.
– Irmãos, quem não quiser ir mais longe – disse o porta-voz novamente – deixe-o voltar em vez de reclamar e chatear o resto de nós. No que me diz respeito, seguirei esse sábio líder enquanto houver algo em mim!
– Todos seguiremos! Todos nós o seguiremos enquanto vivermos!
O líder ficou calado.
Todo mundo começou a olhar para ele e sussurrar:
– Ele está absorvido em seus pensamentos!
– Um homem sábio!
– Olhe para a testa dele!
– E sempre franzindo a testa!
– Sério!
– Ele é corajoso! Isso é visto em tudo nele.
– Você pode dizer isso de novo. Cerca, troncos, arbustos – ele vasculha tudo. Ele sombriamente bate com a bengala, sem dizer nada, e você deve adivinhar o que ele tem em mente.
Líder (1/3)
– Irmãos e amigos, ouvi todos os seus discursos, por isso peço agora que me escutem. Todas as nossas deliberações e conversas não valem nada enquanto permanecermos nesta região árida. Nesse solo arenoso e nessas rochas, nada foi capaz de crescer, mesmo quando houve anos chuvosos, e muito menos nesta seca, coisas que nenhum de nós jamais viu antes.
Quanto tempo vamos ficar juntos assim e conversar em vão? O gado está morrendo sem comida, e logo nós e nossos filhos vamos morrer de fome também. Precisamos encontrar outra solução que seja melhor e mais sensata. Eu acho que seria melhor deixar essa terra árida e partir para o mundo para encontrar um solo melhor e mais fértil, porque simplesmente não podemos mais viver assim.
Assim falou uma vez com voz cansada em alguma região um habitante de alguma província infértil. Onde e quando isso foi não interessa a você ou a mim, eu acho. É importante acreditar em mim que isso aconteceu em algum lugar de alguma terra há muito tempo, e isso é suficiente. Para ser sincero, certa vez pensei que havia inventado toda a história, mas aos poucos me libertei dessa desilusão desagradável. Agora acredito firmemente que vou relatar o que realmente aconteceu e deve ter acontecido em algum lugar e em algum momento e que eu nunca poderia, de forma alguma, ter inventado isso.
Os ouvintes, com rostos pálidos e abatidos, e olhares vazios, sombrios, quase sem entender, com as mãos sob os cintos, pareciam ganhar vida com essas sábias palavras. Cada um já estava imaginando que ele estava em algum tipo de terra paradisíaca mágica, onde a recompensa do trabalho árduo seria uma colheita rica.
– Ele tem razão. Ele tem razão! – sussurraram as vozes exaustos por todos os lados.
– Este lugar é pe…r…to…? – um murmúrio prolongado foi ouvido de um canto.
– Irmãos! – outro começou com uma voz um pouco mais forte. – Devemos seguir este conselho imediatamente, porque não podemos mais continuar assim. Trabalhamos e nos esforçamos, mas tudo foi em vão. Semeamos sementes que poderiam ser usadas como alimento, mas as inundações vieram e lavaram as sementes e o solo para longe das encostas, de modo que só restava rocha nua. Deveríamos ficar aqui para sempre e trabalhar de manhã à noite, apenas para permanecer com fome e sede, nus e descalços? Temos que partir e procurar um solo melhor e mais fértil, onde o trabalho árduo produza colheitas abundantes.
– Vamos lá! Vamos imediatamente porque este lugar não é mais adequado para morar!
Os sussurros surgiram e cada um começou a se afastar, sem pensar para onde estava indo.
– Espere irmãos! Onde vocês vão? – o primeiro orador recomeçou. – Claro que devemos ir, mas não assim. Temos que saber para onde estamos indo. Caso contrário, podemos acabar em uma situação pior, em vez de nos salvar. Sugiro que escolhamos um líder a quem todos devemos obedecer e que nos mostrará a melhor e mais direta maneira.
– Vamos escolher! Vamos escolher alguém imediatamente, – foi ouvido por toda parte.
Só agora surgiram as discussões, um verdadeiro caos. Todo mundo estava conversando e ninguém estava ouvindo ou era capaz de ouvir. Eles começaram a se dividir em grupos, cada pessoa resmungando consigo mesma, e então até os grupos se separaram. Em dois, começaram a conversar lado a lado, argumentando, tentando provar alguma coisa, puxando um ao outro pela manga e fazendo silêncio pelas mãos. Então todos se reuniram novamente, ainda conversando.
– Irmãos! – de repente ressoou uma voz mais forte que abafou todas as outras vozes roucas e sem graça. – Não podemos chegar a nenhum tipo de acordo desta maneira. Todo mundo está falando e ninguém está ouvindo. Vamos escolher um líder! Quem dentre nós podemos escolher? Quem entre nós já viajou o suficiente para conhecer as estradas? Todos nós nos conhecemos bem, e ainda assim eu não colocaria eu e meus filhos sob a liderança de uma única pessoa aqui. Em vez disso, diga-me quem conhece aquele viajante que está sentado à sombra na beira da estrada desde esta manhã?
Um silêncio se instalou. Todos se voltaram para o estranho e o avaliaram da cabeça aos pés.
O viajante, de meia-idade, com um rosto sombrio que mal era visível por causa de sua barba e cabelo comprido, sentou-se e permaneceu em silêncio como antes, absorvido em pensamentos e que batia de vez em quando sua bengala grande no chão.
– Ontem vi aquele mesmo homem com um garoto. Eles estavam de mãos dadas e descendo a rua. E ontem à noite o garoto deixou a vila, mas o estrangeiro ficou aqui.
– Irmão, vamos esquecer essas pequenas bobagens para não perdermos tempo. Quem quer que seja, ele veio de muito longe, pois nenhum de nós o conhece e certamente conhece a maneira mais curta e melhor de nos liderar. Julgo que ele seja um homem muito sábio, pois está sentado em silêncio e pensando. Alguém já teria entrado em nossos negócios dez vezes ou mais agora ou teria começado uma conversa com um de nós, mas ele ficou sentado o tempo todo sozinho e sem dizer nada.
– Claro, o homem está sentado em silêncio porque está pensando em alguma coisa. Não pode ser de outro modo, exceto que ele é muito inteligente – concordaram os outros e começaram a examinar o estranho novamente. Cada um havia descoberto uma característica brilhante nele, uma prova da sua inteligência extraordinária.
Não demorou muito tempo conversando, então finalmente todos concordaram que seria melhor perguntar a esse viajante – quem, segundo eles, Deus havia enviado para levá-los ao mundo a procurar um território melhor e um solo mais fértil. Ele deveria ser o líder deles, e eles o ouviriam e o obedeceriam sem questionar.
Eles escolheram dez homens dentre eles que deveriam ir ao estrangeiro para explicar-lhe sua decisão. Essa delegação deveria mostrar a ele o estado miserável das coisas e pedir que fosse seu líder.
Então os dez foram e se curvaram humildemente. Um deles começou a falar sobre o solo improdutivo da região, sobre os anos secos e a miséria em que todos se encontravam. Ele terminou da seguinte maneira:
– Essas condições nos forçam a deixar nossas casas e nossas terras e a nos mudar para o mundo para encontrar uma pátria melhor. Nesse exato momento em que finalmente chegamos a um acordo, parece que Deus nos mostrou misericórdia, ao nos enviar você , um estranho sábio e digno -, e que vai nos liderar e nos libertar de nossa miséria. Em nome de todos os habitantes daqui, pedimos que seja nosso líder. Onde quer que vá, nós o seguiremos. Você conhece as estradas e certamente nasceu numa terra melhor e mais feliz. Ouviremos você e obedeceremos a cada um de seus comandos. Você, estranho sábio, concorda em salvar tantas almas da ruína? Será nosso líder?
Durante todo esse discurso implorante, o estranho sábio nem sequer levantou a cabeça. O tempo todo permaneceu na mesma posição em que o haviam encontrado. Sua cabeça estava abaixada. Franzia a testa, e, mesmo assim, não disse nada. Ele só batia na bengala de vez em quando e – pensava. Quando o discurso terminou, murmurou brusca e lentamente, sem mudar de posição:
– Aceito.
– Podemos ir com você e procurar um lugar melhor?
– Vocês podem! – ele continuou sem levantar a cabeça.
O entusiasmo e as expressões de apreciação surgiram agora, mas o estrangeiro não disse uma palavra a respeito disso.
Os dez informaram o sucesso na reunião, acrescentando que, só agora, eles viam a grande sabedoria que este homem possuía.
– Ele nem se mexeu do local ou levantou a cabeça pelo menos para ver quem falava. Ele apenas se sentou em silêncio e meditou. Para toda a nossa conversa e apreciação, pronunciou apenas três palavras.
– Um verdadeiro sábio! Inteligência rara! – gritaram alegremente de todos os lados, alegando que o próprio Deus o havia enviado como um anjo do Céu para salvá-los. Todos estavam firmemente convencidos do sucesso de um líder que nada no mundo poderia desconcertar. E assim foi decidido partir no dia seguinte ao amanhecer.
Marca
Eu tive um sonho horrível. Não me surpreendi muito com o sonho em si, mas me pergunto como encontrei coragem para sonhar com coisas terríveis, sendo um cidadão calmo e respeitável, um filho obediente de nossa querida e aflita mãe Sérvia, como todos os seus outros filhos. Claro, você sabe, se eu fosse uma exceção em qualquer coisa, seria diferente, mas não, meu querido amigo, faço exatamente o mesmo que todo mundo e, quanto a tomar cuidado com tudo, ninguém consegue se igualar a mim. Uma vez vi um botão brilhante do uniforme de um policial perdido na rua e observei seu brilho mágico, quase a ponto de passar, cheio de reminiscências doces; quando, de repente, minha mão começou a tremer; minha cabeça inclinou-se para a própria terra e minha boca se encheu daquele sorriso adorável que todos usamos quando cumprimentamos nossos superiores.
– Sangue nobre corre em minhas veias! – Foi o que pensei naquele momento e olhei com desdém para o bruto que passava e sem querer pisou no botão.
– Um bruto! – falei amargamente, cuspi, e depois segui em silêncio, consolado pelo pensamento de que não existem muitos tipos assim; e fiquei particularmente feliz por Deus ter me dado um coração refinado e o sangue nobre e cavalheiresco de nossos ancestrais.
Bem, agora você pode ver como sou um homem maravilhoso, nada diferente de outros cidadãos respeitáveis, e sem dúvida se perguntará como essas coisas terríveis e tolas podem aparecer nos meus sonhos.
Nada incomum aconteceu comigo naquele dia. Comi um bom jantar e depois sentei à vontade; tomando um gole do meu vinho e, depois de ter feito uso tão corajoso e consciente dos meus direitos como cidadão, fui para a cama e levei um livro comigo para dormir mais rapidamente.
O livro logo escorregou de minhas mãos, tendo, é claro, gratificado meu desejo e, com todos os meus deveres cumpridos, adormeci tão inocente quanto um cordeiro.
De repente, vi-me em uma estrada estreita e enlameada que conduzia através das montanhas. Uma noite fria e negra. O vento uiva entre galhos áridos e corta como uma navalha sempre que toca a pele nua. O céu negro, mudo e ameaçador, e a neve, como poeira, soprando nos olhos e batendo no rosto. Não havia uma alma viva em lugar nenhum. Eu corria e de vez em quando deslizava na estrada lamacenta à esquerda, à direita. Cambaleei e caí e finalmente me perdi, vagueando – Deus sabe onde – e não era uma noite curta e comum, mas parecia ter um século, e eu andava o tempo todo sem saber para onde.
Então eu caminhei durante muitos anos e fui para algum lugar, muito, muito longe do meu país natal, para uma parte desconhecida do mundo, para uma terra estranha que provavelmente ninguém conhece e que, tenho certeza, só pode ser vista em sonhos.
Percorrendo a terra, cheguei a uma cidade grande, onde muitas pessoas viviam. No grande mercado, havia uma multidão enorme, um barulho terrível acontecendo, o suficiente para estourar o tímpano. Entrei em uma pousada de frente para o mercado e perguntei ao senhorio o por quê de tantas pessoas se reunindo…
– Somos pessoas caladas e respeitáveis – ele começou sua história – somos leais e obedientes ao alcaide.
– O alcaide é a sua autoridade suprema, não é? – perguntei, interrompendo-o.
– O alcaide reina aqui e ele é nossa autoridade suprema; a polícia vem a seguir.
Eu ri.
— Está rindo? Você não sabia?… De onde você veio?
Contei a ele como tinha me perdido e que vim de uma terra distante – a Sérvia.
– Eu ouvi sobre esse país famoso! – sussurrou o senhorio para si mesmo, olhando para mim com respeito, e então ele falou em voz alta:
– É assim aqui – continuou ele – o alcaide manda aqui com seus policiais.
– Como são seus policiais?
– Bem, existem diferentes tipos de policiais – eles variam de acordo com sua classificação. Existem os mais distintos e os menos distintos… Sabemos que somos pessoas caladas e respeitáveis, mas todos os tipos de vagabundos vêm da vizinhança, eles nos corrompem e nos ensinam coisas más. Para distinguir cada um de nossos cidadãos de outras pessoas, o prefeito ordenou ontem que todos os nossos cidadãos fossem ao tribunal local, onde cada um de nós terá sua testa carimbada. É por isso que tantas pessoas se reuniram: para aconselhar-se sobre o que fazer.
Estremeci e pensei que deveria fugir dessa terra estranha o mais rápido que pudesse, porque eu, embora sérvio, não estava acostumado a uma demonstração do espírito de cavalaria e fiquei um pouco desconfortável com isso!
O proprietário riu com benevolência, me deu um tapinha no ombro e disse com orgulho:
– Estranho, isso é o suficiente para te assustar? Não é de admirar, você tem que percorrer um longo caminho para encontrar coragem como a nossa!
– E o que você pretende fazer? – perguntei timidamente.
Que pergunta ! Você verá como somos corajosos. Você tem que percorrer um longo caminho para encontrar coragem como a nossa, eu lhe digo. Você viajou por toda parte e viu o mundo, mas tenho certeza de que nunca viu heróis maiores do que nós. Vamos lá juntos. Eu tenho que me despachar.
Estávamos prestes a sair quando ouvimos, na frente da porta, o estalo de um chicote.
Eu espiei: havia uma coisa para ver – um homem com um boné brilhante de três chifres na cabeça, vestido com um terno berrante, montando nas costas de outro homem em roupas muito ricas de corte civil comum. Ele parou em frente à pousada e o cavaleiro desceu.
O proprietário saiu, curvou-se no chão, e o homem de terno berrante entrou na estalagem e foi para uma mesa especialmente decorada. O de roupas civis ficou em frente à pousada e esperou. O proprietário curvou-se para ele também.
-O que está acontecendo? – perguntei ao senhorio, profundamente intrigado.
– Bem, quem entrou na estalagem é um policial de alto escalão, e esse homem é um dos nossos cidadãos mais ilustres, muito rico e um grande patriota – sussurrou o proprietário.
– Mas por que ele deixou o outro andar de costas?
O proprietário balançou a cabeça para mim e nos afastamos. Ele me deu um sorriso desdenhoso e disse:
– Consideramos uma grande honra que raramente é merecida! – Ele me contou muitas coisas além disso, mas eu estava tão empolgado que não consegui entender. Mas ouvi muito claramente o que ele disse no final: – É um serviço ao país que todas as nações ainda não aprenderam a apreciar!
—
Chegamos à reunião e a eleição do presidente já estava em andamento.
O primeiro grupo colocou um homem chamado Kolb, se bem me lembro do nome, como candidato à presidência; o segundo grupo queria Talb, e o terceiro tinha seu próprio candidato.
Houve uma confusão assustadora; cada grupo queria empurrar seu próprio candidato.
– Penso que não temos um homem melhor que Kolb para presidir uma reunião tão importante – disse uma voz do primeiro grupo – porque todos conhecemos tão bem suas virtudes como cidadão e sua grande coragem. Eu não acho que haja alguém entre nós que possa se gabar de ter sido tão frequentemente açoitado por pessoas realmente importantes…
– Quem é você para falar sobre isso? – gritou alguém do segundo grupo. – Você nunca foi açoitado funcionário da polícia júnior!
– Sabemos quais são suas virtudes – gritou alguém do terceiro grupo. – Você não poderia sofrer um único golpe do chicote sem uivar!
– Vamos esclarecer isso, irmãos! – começou Kolb. – É verdade que pessoas eminentes estavam às minhas costas há dez anos; eles me açoitaram e eu nunca gritei, mas pode ser que haja mais merecedores entre nós. Talvez haja jovens melhores.
– Não, não – gritaram seus apoiadores.
– Não queremos ouvir sobre honras desatualizadas! Faz dez anos que Kolb foi açoitado – gritaram as vozes do segundo grupo.
– Sangue jovem está tomando conta, deixem os cães velhos mastigarem ossos velhos – disseram alguns do terceiro grupo.
De repente não houve mais barulho; as pessoas recuaram, da esquerda e direita, para abrir caminho e vi um jovem de cerca de trinta anos. Quando ele se aproximou, todas as cabeças se curvaram.
– Quem é? – sussurrei para o meu senhorio.
– Ele é o líder popular. Um jovem, mas muito promissor. Nos seus primeiros dias, pôde se orgulhar de ter carregado o alcaide três vezes. Ele é mais popular do que qualquer outra pessoa.
– Eles talvez o elejam? – perguntei.
– Isso é mais do que certo, porque, como todos os outros candidatos – todos são mais velhos, o tempo os ultrapassou, enquanto o alcaide estava às costas dele ontem mesmo.
Qual é o nome dele?’
– Kleard.
Eles deram a ele um lugar de honra.
– Eu acho – a voz de Kolb quebrou o silêncio -, que não podemos encontrar um homem melhor para essa posição do que Kleard. Ele é jovem, mas nenhum de nós mais velhos é igual a ele.
– Isso mesmo! Viva Kleard!… – todas as vozes rugiram.
Kolb e Talb o levaram ao lugar do presidente. Todo mundo fez uma profunda reverência e houve um silêncio absoluto.
– Obrigado, irmãos, por sua alta consideração e esta honra que vocês me concederam por unanimidade. Suas esperanças, que agora estão comigo, são muito lisonjeiras. Não é fácil dirigir o navio dos desejos da nação em dias tão importantes, mas farei tudo o que estiver ao meu alcance para justificar sua confiança, representar honestamente sua opinião e merecer sua alta consideração por mim. Obrigado, meus irmãos, por me eleger.
– Viva! Viva! Viva! – eleitores trovejaram de todos os lados.
– E agora, irmãos, espero que me permitam dizer algumas palavras sobre este importante evento. Não é fácil sofrer tantas dores, tormentos que nos aguardam; não é fácil ter a testa marcada com ferro quente. De fato, não – são dores que nem todos os homens podem suportar. Que os covardes tremam, que se encolham de medo, mas não devemos esquecer por um momento que somos filhos de bravos antepassados, que sangue nobre corre em nossas veias, sangue heróico de nossos avós, grandes cavaleiros que costumavam morrer sem fechar as pálpebras; pela liberdade e pelo bem de todos nós, sua descendência. Nosso sofrimento é leve, se você pensar no sofrimento deles – devemos nos comportar como membros de uma raça degenerada e covarde agora que estamos vivendo melhor do que nunca? Todo verdadeiro patriota, todo mundo que não quer envergonhar nossa nação diante de todo o mundo, suportará a dor como um homem e um herói.
– Isso mesmo! Viva Kleard!
Houveram vários gritos fervorosos depois de Kleard; eles encorajaram as pessoas assustadas e repetiram mais ou menos o que Kleard havia dito.
Então, um velho pálido e cansado, de rosto enrugado, cabelos e barba branca como a neve, pediu para falar. Os joelhos tremiam com a idade, as mãos trêmulas e as costas dobradas. Sua voz tremia, seus olhos brilhavam com lágrimas.
– Crianças – começou ele, com lágrimas escorrendo pelas bochechas brancas e enrugadas e caindo sobre a barba branca. – Não me sinto bem e morrerei em breve, mas parece-me que é melhor vocês não permitirem que tanta vergonha lhe aconteça.. Tenho cem anos e vivi toda a minha vida sem isso!… Por que o selo da escravidão deveria estar impresso na minha cabeça branca e cansada agora?…
– Abaixo aquele velho patife! – gritou o presidente.
– Abaixo ele! – outros gritaram.
– O velho covarde!
– Em vez de incentivar os jovens, ele está assustando todo mundo!
– Ele deveria ter vergonha de seus cabelos grisalhos! Ele viveu o suficiente e ainda pode se assustar – nós, jovens, somos mais corajosos…
– Abaixo o covarde!
– Tirem ele daí!
Fora com ele!
Uma multidão enfurecida de jovens patriotas corajosos avançou sobre o velho e começou a empurrá-lo, puxá-lo e chutá-lo com raiva.
Eles finalmente o deixaram ir por causa de sua idade – caso contrário, o teriam apedrejado vivo.
Todos eles se comprometeram a ser corajosos de manhã e a mostrar-se dignos da honra e da glória de sua nação.
As pessoas foram embora da reunião em excelente ordem. Como estavam se separando, podia-se ouvir:
– Amanhã veremos quem é quem!
– Nós vamos resolver os boatos amanhã!
– Chegou a hora de os dignos se distinguirem dos indignos, de modo que todo patife não será capaz de vangloriar-se de um coração valente!
—
Voltei para a pousada.
– Você viu do que somos feitos? – meu senhorio me perguntou com orgulho.
– De fato eu tenho – respondi automaticamente, sentindo que minha força havia me abandonado e que minha cabeça estava zumbindo com impressões estranhas.
Naquele mesmo dia, li no jornal deles um artigo importante, que dizia o seguinte:
Cidadãos, é hora de parar com os vaidosos e arrogantes entre nós; é hora de parar de estimar as palavras vazias que usamos em profusão para mostrar nossas virtudes e desertos imaginários. Chegou a hora, cidadãos, de pôr à prova nossas palavras e mostrar quem é realmente digno e quem não é! Mas acreditamos que não haverá covardes vergonhosos entre nós que precisarão ser levados à força para o local de marca designado. Cada um de nós que sente em suas veias uma gota do sangue nobre de nossos ancestrais lutará para ser um dos primeiros a suportar a dor e a angústia, com orgulho e em silêncio, pois isso é dor santa, é um sacrifício pelo bem de todos. nosso país e para o bem-estar de todos nós. Avante, cidadãos, pois amanhã é o dia da nobre prova!…
—
Meu senhorio foi para a cama naquele dia logo após a reunião, a fim de chegar o mais cedo possível ao local designado no dia seguinte. Muitos, no entanto, foram direto para a prefeitura para ficar o mais próximo possível do início da fila.
No dia seguinte, eu também fui à prefeitura. Todo mundo estava lá – jovens e velhos, homens e mulheres. Algumas mães traziam seus bebês nos braços para que pudessem ser marcados com o selo da escravidão, ou seja, de honra, e assim obter maior direito a altos cargos no serviço público.
Houve pressão e palavrões (são parecidos com os sérvios, e de alguma forma fiquei feliz com isso), e todo mundo se esforçou para ser o primeiro a entrar. Alguns estavam até pegando outros pela garganta.
Os selos foram marcados por um funcionário público especial, em um traje formal branco, que censurava levemente o povo:
– Não murmurem, pelo amor de Deus, a vez de todos chegará – Vocês não são animais, suponho que possamos lidar sem empurrar.
A marca começou. Um gritou, outro apenas gemeu, mas ninguém foi capaz de aguentar sem um som enquanto eu estivesse lá.
Eu não aguentava assistir a essa tortura por muito tempo, então voltei para a pousada, mas alguns deles já estavam lá, comendo e bebendo.
– Acabou! – disse um deles.
– Bem, nós realmente não gritamos, mas Talb estava zurrando como um burro!… – disse outro.
– Você vê como é o seu Talb e queria tê-lo como presidente da reunião ontem.
– Ah, nunca se sabe!
Eles conversaram, gemendo de dor e se contorcendo, mas tentando esconder um do outro, pois cada um deles tinha vergonha de ser considerado um covarde.
Kleard se desgraçou, porque ele gemeu, e um homem chamado Lear era um herói, porque ele pediu para ter dois selos carimbados na testa e não emitiu um som de dor. Toda a cidade estava falando com o maior respeito por ele.
Algumas pessoas fugiram, mas foram desprezadas por todos.
Depois de alguns dias, aquele com dois selos na testa andava com a cabeça erguida, com dignidade e auto-estima, cheio de glória e orgulho, e onde quer que fosse, todo mundo se curvava e tirava o chapéu para saudar o herói do dia.
Homens, mulheres e crianças correram atrás dele na rua para ver o melhor homem da nação. Onde quer que fosse, sussurros inspirados em reverência o seguiam: ‘Lear, Lear!… „É ele. Esse é o herói que não uivou, que não emitiu som enquanto dois selos estavam sendo carimbados na testa! Ele estava nas manchetes dos jornais, elogiado e glorificado.
E ele mereceu o amor do povo.
—
Em todo lugar, ouço esses elogios e começo a sentir o sangue sérvio antigo e nobre correndo em minhas veias. Nossos ancestrais eram heróis, morreram empalados em apostas pela liberdade; nós também temos nosso passado heróico e nossa Kosovo. Eu me emociono com orgulho e vaidade nacional, ansioso para mostrar como minha raça é corajosa e tive vontade de correr para a Prefeitura e gritar:
– Por que você elogia seu Lear?… Você nunca viu verdadeiros heróis! Venha e veja você mesmo como é o sangue sérvio nobre! Marque dez selos na minha cabeça, não apenas dois!
O funcionário do terno branco trouxe seu carimbo perto da minha testa, e eu comecei… Eu acordei do meu sonho.
Esfreguei minha testa com medo e me virei, imaginando as coisas estranhas que aparecem nos sonhos.
– Quase ofusquei a glória do Lear deles – pensei e, satisfeito, virei, e lamentava de alguma forma que meu sonho não tivesse chegado ao fim.
Em Belgrado, 1899
Para o projeto “Radoje Domanović” traduzido por Thais Coelho, revisado por Jelena Veljković, 2020
